miércoles, 19 de septiembre de 2018

EL UMBRAL DEL SILENCIO conversaciones con Carlos Castaneda

EL UMBRAL DEL SILENCIO
conversaciones con Carlos Castaneda
Todo lo que llega a nuestros sentidos es una señal. Solo hay que tener la velocidad necesaria para silenciar la mente y captar su mensaje. Mediante estas indicaciones, el Espíritu nos habla con voz muy clara.
Uno de los presentes notó que, aun tratándose de una metáfora, la idea de escuchar al Espíritu o hablar con el tenia un aire excesivamente religioso.
Pero Carlos fue tajante en su definición.
¡Esa voz no es una metáfora! ¡Es literal! A veces se compone de palabras, otras veces solo susurra o despliega una escena delante de nuestros ojos, como una película. De ese modo, el Espíritu nos trasmite sus comandos, que pueden resumirse en una sola expresión: ¡Intenta, intenta!.
La voz del espíritu nos habla a todos por igual, pero no nos damos cuenta, estamos tan ocupados con nuestros pensamientos que, en lugar de hacer silencio y escuchar, preferimos recurrir a todo tipo de subterfugios. Por eso existen los convocadores.
Le preguntaron que era un convocador.
Respondió:
Es un recurso de la atención, una manera de acceder a otro nivel de conciencia. Podemos usar así cualquier cosa para sintonizar al Espíritu, porque, finalmente está detrás de todo lo que existe. Pero ciertas cosas nos atraen con más fuerza que otras.
Por lo común la gente tiene sus oraciones, sus rezos y sus amuletos, o elabora rituales privados o colectivos. Los brujos de la vieja guardia eran propensos al misticismo; usaban la astrología, oráculos y conjuros, varas mágicas, cualquier cosa que burlase la vigilancia de la razón.
Pero para los nuevos videntes esos recursos son un despilfarro y ocultan un peligro: pueden desviar la atención de la persona que, en lugar de enfocarse en su vínculo inmediato con el Espíritu, se hace adicta al símbolo. Los guerreros actuales prefieren métodos menos ostentosos. Don Juan recomendaba intentar directamente el silencio interior.
Recalcando las palabras, preciso que la brujería es el arte del silencio.
El silencio es un pasadizo entre los mundos. Al callar nuestra mente, emergen aspectos increíbles de nuestro ser. A partir de ese momento, la persona se hace vehículo del intento y todos sus actos comienzan a rezumar poder.
Uno de los presentes le pidió que definiese ese concepto.
Contestó:
No es definible. Cuando lo practicas, lo percibes. Si tratas de entender, lo bloqueas. No lo veas como algo difícil o complejo, porque no es nada del otro mundo; tan solo es, acallar la mente.
Podría decirles que el silencio es como un muelle a donde llegan los barcos; si el muelle está ocupado, no hay cabida para nada nuevo. Tal es mi visión del asunto, pero, en verdad, no sé cómo hablarles de eso.
Explicó que el silencio mental no es solamente la ausencia de pensamientos. Más bien, se trata de suspender los juicios, de atestiguar sin interpretar. Sostuvo que entrar al silencio se puede definir, según el contradictorio modo de los brujos, como ”aprender a pensar sin palabras”
Conozco gentes que consiguieron parar su dialogo interno y ya no interpretan, son pura percepción; nunca se desilusionan ni arrepienten, pues todo lo que hacen parte del centro de la decisión. Han aprendido a lidiar con su mente en términos de autoridad y viven en el mas autentico estado de libertad.
Don Juan afirmaba que somos animales predatorios que, a fuerza de amansarnos, hemos terminado por convertirnos en rumiantes. Pasamos la vida regurgitando una lista interminable de opiniones sobre casi todo. Los pensamientos nos llegan en racimos; uno empalma con el otro, hasta rellenar todo el espacio de la mente. Ese ruido no tiene ninguna utilidad, porque, prácticamente en su totalidad, está dirigido al engrandecimiento del ego.
Le pidieron algunos ejercicios practicos para llegar al silencio.
Contestó que era un asunto muy privado porque los resortes del dialogo interno se nutren de nuestra historia personal.
Sin embargo a traves de milenios de prácticas, los brujos han observado que, en el fondo, somos muy parecidos y hay situaciones que tienen el efecto de silenciarnos a todos por igual.
El silencio empieza con una orden, un acto de voluntad que se convierte en el comando del Águila. Sin embargo hemos de tener en cuenta que, mientras nos impongamos el silencio, nunca estaremos verdaderamente ahí, sino en la imposición. Hay que aprender a transformar la voluntad en intento.
El silencio es tranquilo, es un abandonarse, dejarse ir. Produce una sensación de ausencia, como la que tiene un niño cuando se queda mirando al fuego. ¡Que maravilla recordar ese sentimiento, saber que se puede volver a evocar!
La técnica de observar, es decir, de contemplar el mundo sin ideas preconcebidas, funciona muy bien con los elementos. Por ejemplo, con las llamas, la caída del agua, las formas de las nubes ó la puesta del Sol. Los nuevos videntes le llaman “engañar a la maquina”, porque, en esencia, consiste en aprender a intentar una nueva descripción.
Lo importante es que nuestro intento sea inteligente. De nada sirve que nos esforcemos por llegar al silencio si primero no le creamos condiciones favorables para que se sostenga. Por lo tanto, además de ejercitarse en la observación de los elementos, un guerrero está obligado a hacer algo muy simple, pero muy difícil: ordenar su vida.
Siguió diciendo Carlos que los brujo antiguos solían emplear plantas de poder para detener el dialogo interno. Pero los guerreros actuales prefieren condiciones menos riesgosas y más controladas.
El método preferido de los guerreros es la recapitulación. La recapitulación detiene la mente de una forma natural.
El principal combustible de nuestros pensamientos son los asuntos pendientes, las expectativas y las defensas del ego. Es muy difícil encontrar una persona cuyo dialogo interno sea sincero; lo común es que disimulemos nuestras frustraciones yéndonos al extremo opuesto. Así, el contenido de nuestra mente se convierte en una oda al yo.
Recapitular acaba con todo eso. Después de un tiempo de esfuerzo sostenido, algo cristaliza ahí dentro. El dialogo habitual se nos hace incoherente, incomodo; no queda otro remedio que pararlo.
"Armando Torres"

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