LA ESPAÑOLA EQUIVOCADA
Hoy ha muerto Maricarmen. Tenía 87 años y quería volver a casa.
He empezado por la instrucción más sencilla: «La casa se paga».
Maricarmen pagaba.
También había trabajado. Treinta y cuatro años como secretaria. Era española, mayor y necesitaba ayuda para las tareas diarias. Yo había entendido que precisamente por estas personas había que mirar antes que por los de fuera. Me había aprendido hasta el orden.
Algo debía de faltar. Había cumplido con el trabajo, el alquiler y la nacionalidad. Las escrituras, sin embargo, llevaban otro nombre.
Estos días, José Vicente había venido a recordarnos el respeto a las mujeres llamándonos «zurdos de mierda». He buscado esa delicadeza en lo que dijeron de Maricarmen.
Guadalupe Sánchez tituló «Maricarmen me da igual» y escribió «bien desahuciada está».
Eduardo Inda afirmó que «ella solita se lo ha buscado».
He apreciado la precisión de «solita». Había una empresa propietaria, un procedimiento judicial, policías y una señora que necesitaba ayuda para moverse. La responsabilidad podía resumirse en la señora. Muy práctico para todos los demás.
Lucía Etxebarria sostuvo que había tenido «70 años para ahorrar».
He entendido que pagar un alquiler durante toda una vida es una falta de previsión. La cultura del esfuerzo exige empezar de joven, trabajar durante décadas y terminar siendo el que cobra el alquiler. Si acabas siendo el que lo paga, algo has hecho mal.
Alberto Artero tituló «Maricarmen es una jeta». Bertrand Ndongo la llamó «jeta de jetón». Losantos dijo que tenía «más cara que un saco de euros».
Carlos Cuesta aseguró: «Mari Carmen de vulnerable no tiene nada».
A los 87 años, una señora puede dejar de ser vulnerable mediante una intervención radiofónica. Me interesa mucho esta aplicación de la medicina.
Carlos Herrera consideró el desahucio un drama, pero «no es injusto». Ayuso acusó a la izquierda de utilizar a Maricarmen como «señuelo».
Me ha parecido importante vigilar a quienes se preocupaban por ella. Una anciana desahuciada puede despertar sentimientos sin la debida autorización.
Vox explicó que «si en vez de Maricarmen fuera Morocarmen, tendría casa».
La prioridad para los españoles presentaba una curiosa avería: para explicar por qué una española no tenía protección había que inventar una extranjera que supuestamente la tenía. Al menos consiguieron repartir el desprecio entre dos mujeres utilizando una sola.
En Madrid ya se había estudiado la dependencia durante la pandemia. Los protocolos de 2020 incluyeron la dependencia física y el deterioro cognitivo entre los criterios de no derivación hospitalaria desde las residencias.
Voy comprendiendo que «nuestros mayores» es una expresión mucho más cómoda mientras los mayores no necesitan nada.
La escena que mejor me ha orientado ocurrió en Horizonte.
Carmen Porter le dijo al propietario: «Aquí tienes tu casa, Ricardo».
Poco después añadió: «Hasta luego, Maricarmen».
En la televisión todavía quedaba sitio para ofrecerle otra casa al propietario.
Juan Soto Ivars resumió el acuerdo para que ella pudiera regresar: «Ganó la caballerosidad».
He anotado la diferencia. Pedir quedarse en casa provoca sospechas. Permitir que vuelva quien acaba de perderla concede prestigio. Conviene ocupar la posición adecuada antes de defender los valores.
El acuerdo llegó el 28 de septiembre. Maricarmen seguía hospitalizada. Murió hoy sin volver.
Los demás inquilinos hemos podido tomar apuntes. Si te expulsan, procura no protestar. Si protestas, se examinarán tus ahorros, tu carácter, tu salud y cada año de tu vida. Siempre habrá alguien dispuesto a señalar el momento en que debiste hacerte propietario.
Eso debe de ser educar en responsabilidad.
Yo hoy quiero recordar a María del Carmen Abascal.
Le gustaba pasear por su barrio y cuidaba las porcelanas y las fotografías de su familia. Algunas de esas fotos se fueron con ella al hospital.
Mientras otros discutían cuánto debía valer aquel piso, ella sabía lo que había vivido dentro.
Tenía carácter. Luchó por quedarse. Y cuando ya no tenía fuerzas, pidió a quienes la acompañaban que siguieran.
«Luchad, seguid luchando por lo que es vuestro».
Hasta siempre, Maricarmen.
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