domingo, 19 de abril de 2026

Una práctica especialmente poderosa consiste en escribirle a tu yo futuro

 Laberinto Universal

A lo largo del tiempo, muchas tradiciones han utilizado la escritura como una herramienta de introspección, sanación y conexión interior. Más allá de ser solo un ejercicio mental, escribir puede convertirse en un acto profundo: una forma de sembrar intención, claridad y autoconocimiento en medio del paso del tiempo.
En diferentes épocas, las personas han dejado mensajes que no siempre estaban destinados a ser leídos de inmediato: diarios personales guardados por años, cartas que nunca se enviaban, reflexiones escritas en momentos de crisis o transformación. En algunos casos, estos textos funcionaban como cápsulas de conciencia, fragmentos de una mente intentando entenderse a sí misma más allá del instante presente.
Una práctica especialmente poderosa consiste en escribirle a tu yo futuro. No como una obligación, sino como un gesto consciente. Puedes dirigirte a la versión de ti mismo dentro de un año, cinco años o incluso diez. Contarle dónde estás hoy, qué estás aprendiendo, qué temores enfrentas y qué esperas comprender más adelante. También puedes ofrecerte palabras de apoyo, recordarte tu fortaleza o incluso darte el perdón que aún no sabes que necesitarás.
Este tipo de ejercicio funciona porque crea un puente entre tu presente y lo que estás construyendo. Te invita a salir de la inmediatez, a mirarte con más perspectiva y a tomar decisiones con mayor conciencia. De alguna manera, te permite relacionarte contigo mismo desde la paciencia, entendiendo que el cambio es parte natural del proceso.
Si quieres intentarlo, no necesitas un ritual complejo. Basta con tomar papel y pluma. Sé honesto, sin adornos innecesarios. Habla desde donde estás ahora y escribe pensando en lo que te gustaría recordar cuando vuelvas a leer esas palabras.
Con el tiempo, al regresar a esa carta, verás con claridad cuánto has crecido y cuánta sabiduría ya llevabas dentro sin darte cuenta.
— Laberinto Universal

EL TABACO

 EL TABACO

Muchos ven el humo
y creen que es costumbre.
Pero el tabaco
no nació para calmar.
Nació para decir la verdad.
Es hoja.
Es tierra.
Es fuego en el cuerpo.
Cuando se prende
no adorna.
Aprieta.
Te pone enfrente
lo que estás evitando.
No limpia por fuera.
Ordena por dentro.
Por eso se usa antes.
Antes de hablar.
Antes del círculo.
Antes de cualquier palabra.
Porque no basta con llegar.
Primero
hay que estar de frente.
Y no de frente con otros.
De frente contigo.
Porque el humo sube…
pero no todo lo que dices
es verdad.
Porque no todo el que fuma
está dispuesto
a sostener lo que ve.
🐺

Tengo 65 años. Mi amiga me invitó a un balneario a "descansar juntas", y a los pocos días entendí por qué me había llevado con ella…

 Tengo 65 años. Mi amiga me invitó a un balneario a "descansar juntas", y a los pocos días entendí por qué me había llevado con ella…

Tengo 65 años. Y por primera vez en mucho tiempo decidí ir a algún sitio no por obligación, no a ver a los hijos, no a ayudar a nadie, sino simplemente a descansar.
Después de los cincuenta es muy fácil acostumbrarse a vivir la vida de los demás. Que si el hijo se muda, que si la nieta tiene una función en el colegio, que si en el trabajo alguien se fue de vacaciones y hay que cubrirle, que si la vecina pide que la acompañes al médico porque no quiere ir sola. El propio "quiero" se va aplazando. No para siempre, claro. Solo para después. Y ese después, como siempre, nunca llega.
Tengo una amiga, Carmen, 62 años. Llevamos más de veinte años de amistad. No de esas de hablar cada día, pero sí cercanas. Trabajamos juntas una temporada en el ayuntamiento de Sevilla, luego cada una tiró por su lado, pero el vínculo quedó. Nos llamábamos, nos veíamos, nos quejábamos de la tensión, nos reíamos de los antiguos jefes, a veces nos quedábamos en la cocina hasta las tantas.
Carmen es de esas mujeres al lado de las cuales las demás se vuelven más fuertes y responsables. No porque sea mala persona. Es que le sale solo. Siempre le duele un poco el corazón, le da apuro viajar sola, le cuesta resolver las cosas, tiene miedo de equivocarse, y a su lado tiene que haber alguien más tranquilo y "sensato". Ese alguien solía ser yo.
A principios de primavera llamó y me dijo: – Quiero ir a un balneario. Los médicos llevan años diciéndome lo de las articulaciones y la circulación. Ven conmigo. Las dos nos lo pasaremos mejor.
Al principio me quedé sin palabras. La idea era buena. Demasiado buena para mi vida habitual. A mí también me duele la espalda, duermo mal, la tensión me sube y me baja, pero sola jamás me habría organizado. Siempre estaría dándole vueltas al dinero, al tiempo, pensando que no es el momento.
Pero era como si la propia vida me estuviera empujando.
Carmen habló de forma muy bonita. Que pasearíamos, leeríamos, tomaríamos café por las tardes, que por fin seríamos no "de alguien", sino simplemente mujeres que ya no tienen que servir a nadie ni salir corriendo a ningún sitio. Sentí algo que hacía mucho que no sentía, esa ilusión ligera de cuando eras joven y te ibas de viaje.
Elegimos un balneario en Archena, Murcia. Sin lujos: edificio, comedor, jardines, paseos, tratamientos según horario. Pero a mí me bastaba. Ya me alegraba solo pensar que diez días no tendría que estar en la cocina preguntándome qué hacer de comer al día siguiente.
Carmen me dijo casi de inmediato: – No te eches atrás. Sola no voy de ninguna manera. Contigo me siento tranquila.
Entonces eso no me llamó la atención. Al contrario, hasta me resultó agradable. Piensas: mira, esta mujer se siente segura conmigo. Quién iba a saber en qué acabaría.
Las primeras señales llegaron antes de salir de casa, pero yo, como de costumbre, no las vi. Carmen llamaba diez veces al día.
– Lola, mira qué batas hacen falta allí. – Lola, ¿tienes pastillas para la tensión de sobra? Coge también para mí, que me olvido. – Lola, imprímeme la reserva, que mi impresora no funciona. – Lola, mira qué análisis hay que llevar, que tengo miedo de dejarse algo.
Lo hacía todo en modo automático. Es mi amiga. Está nerviosa. Pero ya entonces el viaje se había convertido, sin que yo me diera cuenta, no en "nuestro", sino en uno organizado por mí.
El día de la salida llegó a mi casa con dos bolsas, una manta y un cojín de viaje, con cara de quien ya está agotado aunque todavía no ha ido a ningún sitio.
El balneario olía a cloro, a comedor y a pino. La gente estaba sentada con carpetas, unos ya en chándal, otros con bastones. Todo como en un balneario normal.
Y ahí empezó todo.
Carmen de repente pareció perderse por completo. – Rellénalo tú por mí, que me tiembla el pulso. – Pregunta tú dónde son los tratamientos, que yo no oigo bien. – Averigua tú si puedo pasar sin espera, que después del viaje no soy persona.
Con el médico pensé que nos separarían en consultas distintas. Pero Carmen me miró como si yo tuviera que quedarme a su lado y controlarlo todo.
– Quédate conmigo, que si no se me olvida todo.
Me quedé. La acompañé al pabellón. Le traje agua porque estaba cansada. En el comedor resultó que la bandeja le pesaba, la sopa estaba muy caliente, se había olvidado el pan y el café estaba muy lejos.
Cada cosa por separado parecía una tontería. Pero al final del primer día me di cuenta de que no había tenido ni un momento para dar una vuelta sola por los jardines. Ni un minuto.
El segundo día me desperté temprano. Silencio, pinos, la ventana entreabierta, buen aire. Pienso: ahora voy tranquilamente a la fuente, luego a la gimnasia, luego al masaje. Apenas me levanté, suena el teléfono. Carmen.
– Lola, ¿dónde estás? Me he despertado y no estás. ¿No me esperas para desayunar?
Y enseguida ese tono de ofensa suave: – Claro, claro. Tú ya a tu aire. Y yo aquí sola como una tonta.
Volví. La esperé. Luego las escaleras le costaban, luego miedo a ir sola a la ducha Charcot, luego no encontraba el gabinete de fisioterapia, luego me pidió: – Quédate cerca, por si me pongo mal después del tratamiento.
Después de comer se echó "un ratito" y me dijo: – No te vayas muy lejos. A veces después de los baños me late el corazón muy rápido.
Estaba sentada en mi habitación sintiendo una irritación extraña que me resultaba incómodo reconocer. Formalmente, ¿qué había pasado? Que una persona está nerviosa, le cuesta, pide compañía. Pero por dentro ya se estaba moviendo algo muy desagradable: que yo, sin darme cuenta, había vuelto a encajarme en la necesidad de otra persona.
Al tercer día decidí recuperar aunque fuera un poco de descanso para mí. En el desayuno le dije: – Carmen, después de comer quiero ir sola al parque. Solo pasear, sentarme, sin plan.
Se quedó callada, luego respondió: – Bueno, ve. Yo no te retengo.
Ese "yo no te retengo" siempre suena de tal manera que ya te sientes culpable.
Después de comer fui. Por primera vez desde que llegué. Me senté junto al estanque, compré un café, miraba el agua y de repente me di cuenta de que era incapaz de relajarme. El teléfono estaba a mi lado y yo ya esperaba de antemano que llamaran.
Así fue.
– ¿Estás lejos? – No, en el parque. – ¿Puedes volver? Me han tomado la tensión y algo no me gusta. Y es que no me gusta estar sola en el pabellón.
Volví. No porque me asustara mucho, sino porque se activó ese viejo reflejo femenino: y si de verdad le pasa algo, y yo aquí sentada con el café.
La tensión estaba casi normal. Estaba tumbada en la cama diciendo: – No sé qué me pasa. A lo mejor el tiempo. A lo mejor los tratamientos. Quédate un poco.
Me quedé. Luego la cena, luego manzanilla que no había en la cafetería y fui a buscarla a otra planta. Luego las pastillas. Luego conversación sobre lo difícil, lo solitario, lo aterrador que es envejecer, y qué bien que yo estaba cerca.
Lo escuchaba todo y recordé con mucha claridad que yo había venido aquí no a "estar cerca", sino a descansar.
Pero todo quedó completamente claro el sexto día.
Fui a buscar a Carmen a la biblioteca de la planta baja. Me acerqué a la puerta abierta y la oí hablando por teléfono. Con la hija, seguramente. La voz no era cansada ni quejumbrosa, sino bastante animada, incluso alegre.
– Sí, todo bien. Si es que no estoy sola. Conmigo está Lola. Ella va al comedor, controla la tensión, si hace falta corre al médico. Estoy muy a gusto con ella. Sola no habría venido de ninguna manera.
Ese "estoy muy a gusto con ella" se me quedó grabado.
No "estamos juntas". No "qué bien tener una amiga". Simplemente: a gusto.
Como si yo no fuera una persona, una mujer, una amiga que también había pagado el viaje y también había venido a descansar, sino una acompañante de fiar.
No entré enseguida. Me quedé detrás de la puerta sintiendo cómo se me helaba algo por dentro.
Esa noche me pidió: – ¿Mañana vienes conmigo a los fangos? Es que me aburro allí tumbada sola.
Y yo de repente respondí: – No, Carmen. Mañana voy según mi propio horario.
Al principio no entendió. – ¿Cómo? – Tal cual. No pagué este viaje para estar pendiente de ti todo el rato. Yo también quiero descansar.
Después de esas palabras llega un silencio en el que ya está todo claro. Carmen se sentó en la cama y muy tranquilamente, con esa suavidad suya de ofendida, dijo: – Lola, no entiendo. ¿Te cuesta tanto ayudarme? Si yo no te estoy cargando.
Y ahí fue cuando me llegó de verdad. Porque exactamente así hablan siempre las personas que llevan tiempo cargando, pero lo han hecho de forma tan habitual que ellas mismas no se dan cuenta.
Le dije: – ¿Quieres que sea sincera? Sí que me estás cargando. Y no desde hoy. Desde el primer día. He rellenado papeles, he cargado bolsas, he corrido de consulta en consulta, me he pasado el rato sentada a tu lado cuando tienes "miedo". No he venido aquí de cuidadora. He venido a descansar.
Se encendió enseguida: – Claro, claro. O sea que te molesto. Estupendo. Haberlo dicho desde el principio.
– Y tú haberme dicho desde el principio que no necesitabas una amiga, sino alguien que estuviera a tu disposición.
Después de eso nos callamos. Durante mucho tiempo.
Al día siguiente fue a los tratamientos sola. No se perdió, no le pasó nada, encontró todo. Pero iba con cara de persona profundamente herida. En la mesa repitió varias veces: – No te preocupes, me apaño sola. Es que no quiero ser una carga para nadie.
Eso es un género adulto muy particular. Primero te utilizan, luego te hacen sentir culpable por haberte dado cuenta.
Los días que quedaban simplemente los fuimos pasando. No discutimos abiertamente, pero la cercanía había desaparecido. Por fin empecé a pasear sola, a sentarme con un libro, a tomar café sin la sensación de que tenía que salir corriendo. Y lo más incómodo de todo: me sentí aliviada. Tan aliviada que en un momento hasta me asusté de mi propia sinceridad.
Antes de irnos Carmen dijo: – Creo que con amigas ya no voy a ningún sitio. El descanso tiene que ser sin explicaciones.
Casi me eché a reír. Porque explicación solo hubo una: que alguien por primera vez no quiso convertirse en silencio en algo cómodo para otra persona.
Desde entonces han pasado casi dos meses. No hemos roto del todo, pero todo es diferente. Nos llamamos menos. Menos calor. En su voz sigue habiendo ese malestar silencioso, como si yo la hubiera fallado en algo.
Y yo me quedo pensando en una cosa curiosa. ¿Por qué nosotras, las mujeres adultas, tan a menudo confundimos la amistad con el servicio? ¿Por qué una puede apoyarse años, quejarse, invitar a "juntas", pedir, angustiarse, echarte encima sus miedos e incomodidades, y al mismo tiempo creer sinceramente que eso es normal? ¿Y por qué la otra lo acepta todo, porque le daría vergüenza parecer "poco considerada", "fría", "mala amiga"?
No considero a Carmen un monstruo. No es mala ni manipuladora. Es simplemente de esas personas a las que les resulta muy cómodo vivir junto a alguien más fiable. Y probablemente fui yo quien, durante años, la acostumbré a que conmigo podía relajarse y traspasar parte de su carga.
Pero en este viaje me golpeó por primera vez un pensamiento muy sencillo: si después de diez días alguien está "muy a gusto" contigo, eso no significa que tú estés a gusto con ella.
Eso lo entendí con 65 años.
¿Y vosotras? ¿Habéis tenido alguna vez a alguien con quien "juntas" significaba en realidad "para ella"? ¿Cómo lo manejasteis?