martes, 30 de junio de 2026

𝗣𝗥𝗢𝗧𝗢𝗖𝗢𝗟𝗢 𝗣𝗔𝗥𝗖𝗛𝗘𝗦 – 𝗔𝗽𝗹𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝘁𝗼́𝗽𝗶𝗰𝗮 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝗴𝗮𝘀𝗮𝘀

 𝗣𝗥𝗢𝗧𝗢𝗖𝗢𝗟𝗢 𝗣𝗔𝗥𝗖𝗛𝗘𝗦 – 𝗔𝗽𝗹𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝘁𝗼́𝗽𝗶𝗰𝗮 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝗴𝗮𝘀𝗮𝘀

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¿Conoces la 𝗱𝗶𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗲𝗹 𝗣𝗿𝗼𝘁𝗼𝗰𝗼𝗹𝗼 𝗞 y el Protocolo 𝗣𝗮𝗿𝗰𝗵𝗲𝘀❓ 🤔
Ambos protocolos utilizan CDS + DMSO, pero el Protocolo Parches está diseñado para mantener el contacto prolongado de la mezcla sobre una zona específica, utilizando gasas estériles impregnadas. Esto permite una aplicación localizada durante el tiempo recomendado. 🌿
🧪 𝗣𝗿𝗲𝗽𝗮𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻
✅ 5 ml de CDS
✅ 5 ml de agua
✅ 20 gotas de DMSO
🥣 Mezcla los ingredientes en un recipiente de vidrio, empapa una gasa estéril y colócala sobre la zona a tratar durante 20 minutos.
🔄 𝗙𝗿𝗲𝗰𝘂𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮
✔️ Repetir 3 veces al día, según la necesidad del protocolo.
💙 El DMSO actúa como un vehículo de transporte, por lo que es importante que la piel esté perfectamente limpia, libre de perfumes, cremas, aceites u otras sustancias antes de la aplicación.
⚠️𝗜𝗺𝗽𝗼𝗿𝘁𝗮𝗻𝘁𝗲
❌ No aplicar sobre heridas abiertas con presencia de pus.
❌ No utilizar sobre piel sucia o con residuos químicos.
✅ Utiliza siempre gasas estériles y un recipiente de vidrio para preparar la mezcla.
📚 Basado en los protocolos difundidos por Andreas Kalcker.
Pedidos todo México
Waths 5523098249
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lunes, 29 de junio de 2026

El tiempo no existe. El tiempo sólo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada.

 El tiempo no existe. El tiempo sólo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada.

Después de Reyes, un día notarás que la luz dorada de la tarde se demora en la pared de enfrente y apenas te des cuenta, será primavera.
Ajenos a tí, en algunos valles, florecerán los cerezos y en la ciudad habrá otros maniquíes en los escaparates.
Una mañana radiante camino del trabajo, puede que sientas una pulsión en la sangre cuando te cruces en la acera con un cuerpo juvenil que estalla por las costuras, y un atardecer con olor a paja quemada oirás que canta el cuclillo y a las fruterías habrán llegado las cerezas, las fresas o los melocotones, y sin saber por qué, ya será verano.
De pronto, te sorprenderás a tí mismo, rodeado de niños cargando la sombrilla, el flotador y las sillas plegables en el coche para cumplir con el rito de olvidarte de tu jefe y de los compañeros de la oficina, pero el gran atasco de regreso a la ciudad será la señal de que las vacaciones han terminado, y de la playa te llevarás el recuerdo de un sol que no podrás distinguir del sol del año pasado.
El bronceado permanecerá un mes en tu piel y una tarde descubrirás que en la pared de enfrente oscurece antes de hora.
Enseguida volverán los anuncios de turrones, sonará el primer villancico y será otra vez Navidad.
La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella.
Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo.
En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al despertarte.
No existe otro remedio conocido para que la vida discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria.
Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina.
Que te pasen cosas distintas, como cuando eras niño.
MANUEL VICENT 🇪🇸 (1936)
Novelista y ensayista español. Este artículo fue publicado en el año 1997 en el diario El País de España.

domingo, 28 de junio de 2026

JOSÉ LUIS MARÍN: CONTRA LA PSIQUIATRÍA FARMACOLÓGICA

 JOSÉ LUIS MARÍN: CONTRA LA PSIQUIATRÍA FARMACOLÓGICA

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​El psiquiatra español José Luis Marín no necesita presentación entre quienes estudiamos críticamente el fenómeno de la medicalización contemporánea. 🧠 En una entrevista reciente, Marín despliega con brutal claridad el argumento que lo ha caracterizado durante décadas: la psiquiatría moderna se ha convertido en una disciplina capturada, reducida a farmacología y totalmente desconectada de la realidad psicosocial del sufrimiento humano. 📉 Su diagnóstico es demoledor. Su conclusión, provocadora: ¡quemar el DSM! 🚫📖
🏥 Una historia de abandono
​Ante todo, lo que Marín expone es una historia de abandono. Cuando comenzó su formación, los psiquiatras poseían herramientas múltiples: psicoterapia psicoanalítica, recursos clínicos variados y una visión integral del paciente. 🤝 La irrupción de la psiquiatría biológica les arrebató todo aquello.
​Hoy, un psiquiatra es, básicamente, un dispensador de psicofármacos. 💊 Ese cambio no fue inocente. Fue moldeado por una convergencia de factores: la emergencia de los laboratorios tras el Informe Flexner de 1920, la casualidad científica (el diazepam surgió como un accidente en la investigación de tintes textiles) y una industria farmacéutica que descubrió en la "salud mental" un filón comercial sin precedentes. 💰
💊 El fármaco no es tratamiento
​Marín es claro: los psicofármacos son herramientas útiles y recursos válidos en contextos específicos, pero no son tratamiento. ❌ Ahí yace el matiz crítico. Un fármaco puede dopar, movilizar o reducir síntomas, pero no cura nada. 🛑 La curación ocurre en la interacción del sujeto con su medio social, psíquico y relacional. 🌐 Sin embargo, la medicina occidental insiste en tratar el "trastorno" como algo exclusivamente biológico, usando medicinas como pañuelos para una hemorragia institucional. 🩸
💼 El conflicto de intereses es ineludible
​Marín rechaza las teorías conspirativas, pero es implacable: si una industria existe, persigue ganancias. Es la naturaleza del capitalismo. 📈 La cuestión no es la conspiración, sino la regulación de abusos, la manipulación de ensayos clínicos y la complicidad médica. El sistema se sostiene gracias a los médicos: sin nuestras recetas y nuestra autoridad, el sistema se colapsa. 📉
📕 El DSM: Instrumento de poder
​La crítica más ácida va dirigida al DSM. Este manual ha sido un instrumento de poder corporativo. 🏢 ¿Cómo puede una persona portar seis diagnósticos psiquiátricos simultáneamente? ¿Acaso el diagnóstico sigue siendo diagnóstico? 🤔 El DSM-5 es reconocido como un fracaso incluso por la propia Asociación Americana de Psiquiatría. Es una clasificación vacía: sin marcadores biológicos y sin contexto social. 🚩
🧠 Violencia epistémica
​Para quienes trabajamos en psicopedagogía, esto resuena con fuerza: la medicalización del sufrimiento es un acto de reducción ontológica. 📉 Convertir manifestaciones psicológicas complejas en "trastornos" codificables es un acto de violencia epistémica. ⚠️ Es lo que criticamos en documentos como "La Inclusión a Voces", rechazando la medicalización de las dificultades de aprendizaje. 🎓
​La provocación de quemar el DSM expresa una verdad urgente: mientras la psiquiatría se gobierne mediante clasificaciones inútiles, siga subordinada a la farmacología y abandone la clínica relacional, será un instrumento de control más que de sanación. 🏥✨

Mi hijo me pedía cien euros cada mes, hasta que una foto de mi nuera me abrió los ojos.

 Mi hijo me pedía cien euros cada mes, hasta que una foto de mi nuera me abrió los ojos

Durante mucho tiempo pensé que ayudar a un hijo era algo natural. Aunque ese hijo ya tuviera cuarenta años, su casa, su mujer y su propia vida.
Yo me llamo Pilar, tengo sesenta y siete años y vivo sola en Valencia, en un piso antiguo donde en invierno entra frío por las ventanas. Mi pensión alcanza, pero solo si no me salgo del camino. Alquiler, luz, farmacia, comida sencilla y poco más. Si compro pescado una semana, la siguiente tengo que apretar por otro lado.
Pero cada mes, sin falta, separaba cien euros para mi hijo Andrés.
No era una obligación escrita. Nadie me puso una pistola en el pecho. Pero él llamaba, bajaba la voz y decía:
“Mamá, este mes no llegamos.”
Y yo ya sabía qué tenía que hacer.
La primera vez fue por una factura inesperada. Luego por el coche. Después porque mi nieta necesitaba unas clases. Más tarde dejó de explicar demasiado. Yo tampoco preguntaba. Me bastaba con escuchar su cansancio para sentirme culpable.
A veces pensaba en decirle que no. Sobre todo cuando iba al mercado y elegía las manzanas una a una, buscando las más baratas. O cuando miraba mi abrigo viejo, con el forro roto, y pensaba que todavía podía aguantar otro invierno. Pero entonces recordaba a Andrés de pequeño, con fiebre, llamándome desde la cama, y volvía a ser la misma madre de siempre.
Una madre que se quita para dar.
Mi amiga Paquita, que vive en el tercero, me veía cada vez más apagada.
“Pilar, tú no estás bien. Has adelgazado.”
“Será la edad”, respondía yo.
No le decía que algunas noches cenaba tostadas con aceite. No le decía que había dejado de ir con ella al cine los sábados porque prefería guardar ese dinero para Andrés. No le decía que esos cien euros no salían de lo que me sobraba, sino de lo que me faltaba.
Todo cambió una tarde de jueves.
Paquita bajó a mi casa con su móvil en la mano. Venía alterada, aunque intentaba disimular.
“Pilar, mira esto. Igual no debería enseñártelo, pero creo que tienes que verlo.”
En la pantalla aparecía una publicación de Marta, mi nuera.
Una foto preciosa del salón. Pared clara, alfombra nueva, lámpara moderna y en el centro un sofá enorme, azul oscuro, de esos que parecen de revista. Marta había escrito:
“Después de tanto esperar, por fin tenemos el sofá de nuestros sueños.”
Yo acerqué el móvil para ver mejor.
Alguien en los comentarios preguntaba dónde lo habían comprado. Marta respondió:
“En una tienda de diseño. 2 500 euros. Caro, pero nos enamoramos.”
Me quedé quieta. Paquita no dijo nada. No hacía falta.
Dos mil quinientos euros.
Yo llevaba dos años dándole a mi hijo cien euros al mes para que “llegaran a fin de mes”. Veinticuatro sobres invisibles. Veinticuatro veces en que yo había dicho que podía arreglarme. Veinticuatro meses pensando primero en ellos y después, si quedaba algo, en mí.
Aquella noche no dormí.
Saqué una libreta vieja y empecé a apuntar. Enero, cien. Febrero, cien. Marzo, cien. Así hasta completar dos años. Cuando vi la suma, tuve que cerrar los ojos.
No era solo dinero. Era el dentista que había pospuesto. Era la calefacción apagada. Era la visita al podólogo que no hice. Era el café con amigas que rechacé. Era yo diciéndome una y otra vez que no necesitaba tanto.
Al día siguiente llamé a Andrés.
“Mamá, ahora estoy un poco ocupado.”
“Solo será un momento. He visto el sofá nuevo.”
Se hizo un silencio extraño.
“Ah... sí. Marta lo subió ayer.”
“También vi el precio.”
Entonces su voz cambió.
“Mamá, no lo entiendas mal. Lo estamos pagando poco a poco.”
“¿Y los cien euros que te doy cada mes?”
“Mamá, son cosas distintas.”
“¿Distintas?”
Sentí que me ardían los ojos, pero no quería llorar.
“Yo he dejado de comprarme comida, Andrés. He pasado frío para ayudarte. He contado monedas en la farmacia. Y tú me dices que es distinto.”
Él suspiró, molesto o avergonzado, no lo sé.
“Mamá, no pensé que para ti fuera tanto.”
Esa frase me rompió.
No pensó. Ese era el problema. No pensó en mí. No pensó en mi nevera, en mis recibos, en mis medicinas, en mis noches sola haciendo cuentas. Solo pensó que su madre siempre encontraría la manera.
“Pues desde hoy vas a tener que pensar”, le dije. “Porque no te voy a dar más dinero.”
“¿Estás enfadada por un sofá?”
“No, Andrés. Estoy dolida porque mientras tú comprabas un sofá de dos mil quinientos euros, yo estaba aprendiendo a vivir con menos para que tú vivieras con más.”
Colgué antes de que pudiera responder.
Han pasado dos meses. Andrés me mandó un mensaje largo diciendo que lo sentía. Le respondí que podía venir a verme cuando quisiera, pero que no hablaríamos de dinero. Todavía no ha venido.
Marta no me ha escrito.
Yo, en cambio, he empezado a hacer cosas pequeñas que antes me negaba. Compré yogures sin mirar tanto el precio. Fui al cine con Paquita. Me compré un abrigo gris, sencillo, pero caliente. Cuando me lo probé, casi lloré, porque hacía años que no compraba algo pensando solo en mí.
Sigo queriendo a mi hijo. Si mañana toca el timbre, le abriré. Le prepararé café. Quizá incluso le cortaré un trozo de tarta si tengo hecha.
Pero ya no habrá sobre. Ya no habrá transferencia el día veinte. Ya no habrá una madre pasando necesidad para que un hijo adulto no tenga que revisar sus gastos.
Porque amar a un hijo no significa convertirse en su cajero automático.
¿Alguna vez habéis ayudado a alguien cercano renunciando a vuestras propias necesidades? ¿Cómo supisteis que había llegado el momento de parar?