La Vidente Catalina Rivas relata la visión de como Jesús rescata a sus ovejas
Recibí la Santa Eucaristía y me puse de rodillas cerca a mi asiento, en ese momento tuve como una pantalla dentro de mí, una gigante pantalla en la que vi un campo enorme: había lugares verdes, pequeñas lomas con plantas, arboledas, un lago muy grande... Era un lugar definitivamente precioso.Pero en medio de todo este campo había como una gran parcela que no estaba trabajada, se veía fea, toda llena de espinas y tierra, algo que se desdecía con aquel mágico paisaje.Allá, en medio de todas esas espinas había una pequeña oveja blanca, de la que no se podía ver mucho la piel porque estaba llena de sangre. Tenía muchas heridas en las patitas, en el cuerpo y lloraba incesante y dolorosamente
Intentaba salir de allí pero no podía, caminaba
dos pasos y las espinas comenzaban a crecer y a lastimarla más.El cielo estaba oscuro en ese lugar, había muchos nubarrones, tronaban los rayos y un viento sucio hacía más fea la escena y asustaba más al pequeño animal.
De pronto vi una mujer de espaldas a mí, vestida de azul y con un velo muy blanco y supe en seguida que era la Santísima Virgen. Ella extendía las manos y llamaba a la ovejita para que se acercase, pero la ovejita asustada intentaba salir por otro lado, y puesto que las espinas crecían rápidamente, se iba alejando más y más, como tratando de escapar de las espinas y a la vez de las manos que la llamaban.
Era tanto su miedo que no sabía hacia donde correr, resbalaba, se caía y se le abría nuevamente la carne en sangrantes heridas.Por un momento la Virgen se dio la vuelta y pude ver su perfil, tan hermoso y tan dulce.Miró hacia un punto lejano, como tratando de buscar a alguien con la mirada y desapareció.Al momento apareció ante mis ojos un hombre alto y fuerte, vestido con una brillante túnica de color blanco perlado. Calzaba sandalias y tenía un bastón alto. El cabello castaño oscuro le caía un poco sobre los hombros; los brazos y la parte del cuello que se alcazaba a ver cuando el viento le levantaba el pelo, mostraban su piel bronceada. Tenía los brazos fuertes, de persona trabajadora.
Mi corazón iba a saltar de emoción: era Jesús, quien sin pensarlo siquiera, se metió entre las espinas. Unas tres o cuatro veces, golpeó las espinas altas con su bastón e hizo saltar las plantas. Sin embargo, las demás espinas rompían también su piel, desgarraban su túnica, que se enganchaba entre ellas, pero a Él parecía no importarle que se desgarrara su ropa, ni que las espinas lastimasen Su piel.
Se apresuraba en entrar y vi cómo la sangre saltaba de sus pies, tobillos y piernas, salpicando la tierra por donde pasaba.
La ovejita se metía más y más hacia otra maraña de espinas, ya era prácticamente una mancha de sangre cuando Jesús se agachó, la tomó entre Sus brazos y comenzó a salir del campo. Ya ni se fijaba en las espinas que parecían atacarlo, lacerando su piel. El único objeto de Su atención era el animalito que llevaba en Sus brazos.Salió de aquel campo caminando hacia un lugar donde yo podía verlo de frente. Él estaba llorando, juntamente con la ovejita. Ella temblaba entre Sus brazos, que estaban tiñéndose de sangre, y lo miraba como buscando Su consuelo.
Jesús la apretaba contra Su
pecho.De pronto Él miró hacia el Cielo, su gesto se endureció un poco por instantes, el tiempo suficiente para que desaparecieran velozmente todas las nubes oscuras y comenzara a salir el sol. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, que corrían por sus mejillas.Jesús comenzó a besar a la ovejita y allá, donde caía cada una de sus lágrimas, o donde Él besaba, de golpe se cerraban las heridas del pequeño animal y aparecía la blanca lana.Eran tan grandes la ternura y el Amor de Jesús que parecía que aquel animalito fuese todo lo que Él poseía. Llegó un momento en que besaba la cabecita de la oveja, ella lamía Su mano mientras las lágrimas de ambos se entremezclaban, y al tiempo que lloraban juntos, Jesús sonreía y la ovejita emitía un débil balido.
Un momento después vi a Jesús caminando con pasos lentos, como esperando a su pequeña compañera. Su porte era altivo. Pese a la sencillez de Su vestir, era majestuoso como un Rey y la ovejita feliz, con la cabeza muy levantada, sanita, corría detrás de Él, balando ya más vigorosamente, lamiéndole la punta de los dedos de la mano, de cuando en cuando. Por momentos Él le acariciaba la cabecita, correspondiendo a su ternura
Como en imágenes sucesivas, vi después a Jesús sentado sobre una roca, Él hablaba, y la ovejita sentada sobre sus dos patas traseras, como se sientan los perros, lo escuchaba atenta. De cuando en cuando, Él tomaba la cabeza de ella entre Sus manos y la besaba riendo. Luego era ella la que lamía los pies de Jesús y las heridas del Señor se sanaban.Todas las heridas se vieron así cerradas, y hasta la túnica de Jesús parecía nueva.Ya no quedaban rastros de tanta sangre y tanto dolor. Era una escena muy bella, ya no había nubes, el sol brillaba con unas luces doradas sobre la cabeza del Pastor, corría una brisa fresca que hacía mover Su cabello y Él sonreía.Se oyó otro balido lastimero y vi a Jesús caminando presuroso nuevamente hacia el campo de espinas. Su semblante reflejaba entre tristeza y preocupación; nuevamente se encaminaba en búsqueda de otra ovejita, pero esta vez la que ya estaba sana se adelantó al
Señor y corrió a buscar a la que ahora gemía.
Como si fuera una experta, entró por los senderos más escarpados. Se lastimaba, sí, pero era como si no le importara o no le doliera mucho, porque corría, buscaba a su compañera y la guiaba hacia donde estaba el Señor, a los brazos fuertes y seguros de Jesús...
En ese momento la voz del Sacerdote me volvió a la celebración cuando dijo: "Oremos..." Miré en torno mío a toda aquella gente, con mucha pena de que tan hermosa visión hubiera terminado. Tenía el rostro cubierto de lágrimas y todavía se me escapaba algún sollozo.
Entonces me habló Jesús, que dulcemente me dijo así: "Ahí tienes el tema, relata así tu conversión, porque esa primera ovejita eres tú"