Medicina para el alma
domingo, 18 de octubre de 2026
El significado espiritual de la libélula
El significado espiritual de la libélula se centra principalmente en la transformación, la adaptabilidad y el crecimiento personal. Su complejo ciclo de vida (que pasa de vivir bajo el agua como ninfa a convertirse en un ágil insecto volador) representa la capacidad de dejar atrás viejas etapas y evolucionar hacia una versión más plena de uno mismo. [1, 2, 3]
- Transformación y renacimiento: Invita a aceptar los cambios de la vida, soltar el pasado y confiar en nuevos comienzos. [1, 2]
- Vivir el presente: Debido a la breve vida de la libélula en su etapa adulta, simboliza la ligereza y la importancia de apreciar el momento actual. [1, 2]
- Claridad y perspectiva: Sus ojos de gran alcance se asocian con la capacidad de ver más allá de las ilusiones y superar obstáculos con sabiduría. [1, 2] Conexión espiritual: En muchas tradiciones es considerada un mensajero entre el mundo físico y el espiritual, o una señal de guía de seres queridos o protectores.
- Azules: Relacionadas con la calma mental, la serenidad y la comunicación.
- Verdes: Simbolizan la renovación, el crecimiento y la conexión con la naturaleza.
- Rojas: Representan la fuerza vital, la pasión y la energía.
- Doradas o amarillas: Asociadas con la abundancia, la creatividad y el optimismo. [1]
- Japón: Representa el coraje, la fuerza, la victoria y la buena fortuna (antiguamente usada como emblema por los samuráis).
- China: Simboliza la armonía, la prosperidad y el equilibrio entre cambio y estabilidad.
- Pueblos indígenas de América: Asociada con la sabiduría, la pureza y la renovación espiritual. [1]
sábado, 17 de octubre de 2026
⚜️LA PRIMERA INTERCESIÓN DE PADRE PIO⚜️ libro : Quien es el Padre Pio ??
Donald Trump Campeón mundial de la idiotez por Jhon Carlin
Habrán visto la noticia más morbosa de la semana, la de un joven inglés con un historial de trastornos mentales al que un tigre mató en un zoológico. Un vídeo del horror fue posteado alegremente por los imbéciles que pululan en las redes, entre ellos, Donald Trump.

Solo que él tuvo que ir más lejos. Luego envió otro vídeo, generado por la IA, en el que sustituye imágenes de su persona por las del difunto, en combate con el mismo tigre. Recordemos que hace no mucho nos regaló un meme con él interpretando el papel de Jesucristo; otro en el que descarga caca desde un avión sobre una multitud de manifestantes antitrumpistas. En el caso más reciente, el ficticio Trump, rey de la jungla, doma al tigre y se abraza a él.
Trump ha declarado infinidad de veces que es el mejor presidente de la historia de EE.UU., broma que él, en su infinita inconsciencia, se cree. Menos motivo de risa es que en el mundo de hoy no existe ningún líder en ningún lugar de la Tierra que sea más grosero, más infantil, más payaso, más amoral,
más ignorante, más corrupto, más narcisista y más olímpicamente irresponsable que Trump.
Bueno, quizás en una o dos de estas categorías tenga rival. Pero en todas a la vez, no. El pack completo lo posee él en solitario. Bastaría con fijarnos en tres cosas que ha hecho en los últimos diez días para otorgarle no el Nobel de la Paz que tan ridículamente anhela, sino el premio al campeón mundial de la idiotez.
Tenemos lo del tigre. Tenemos que por quinta vez en un mes Trump prometió que todos los estadounidenses mayores de edad recibirían 5.000 dólares si los republicanos lograban el control de ambas cámaras del Congreso en las elecciones del mes que viene. Y, con diferencia lo más repugnante, tenemos su decisión por fin de quitarse lo que quedaba de su máscara y colocarse sin ambigüedades del lado de Vladímir Putin en su guerra imperial contra Ucrania.
Finalmente, Trump se ha quitado lo que le quedaba de máscara y se coloca al lado de Putin
Más ansioso en vísperas de elecciones al Congreso por bajar los precios en EE.UU. que por evitar más baños de sangre en Ucrania, Trump acordó con Putin importar diésel de Rusia. Lo que sirve a dos propósitos: regalar más dinero a Putin para bombardear hospitales, colegios, estaciones de tren o infraestructura energética en Kyiv y proveer a EE.UU. de 300.000 toneladas de dicho combustible, suficiente para cubrir las necesidades estadounidenses durante… 14 horas, nada más.
Resultado: no bajarán los precios del diésel en EE.UU. y Putin podrá matar a más inocentes. No obstante, Trump declaró después del acuerdo: “Quiero dar las gracias al presidente Putin”.
La respuesta de Volodímir Zelenski: que “más gente morirá”, que se sentía “traicionado”. El presidente de Ucrania señaló que, para colmo, EE.UU. acababa de reducir el acceso de su ejército a la tecnología de comunicaciones Starlink, la empresa de Elon Musk, aumentando así la vulnerabilidad de su país ante los misiles rusos. La respuesta de Trump: “Creo que es hora de que Ucrania cambie de presidente”, cosa que jamás ha dicho sobre Putin. De hecho, tiene una foto de Putin colgada en la Casa Blanca.
Con más insistencia que nunca se oye la pregunta en EE.UU.: “¿Es Trump un agente ruso?”. Si fuera verdad, sería el caso de traición más inverosímil y vergonzoso desde que los rusos firmaron en 1939 un pacto de no agresión con los nazis para que ambos pudiesen repartirse Polonia. (Poca duda, ya que estamos, de que Trump se habría aliado con Hitler en la Segunda Guerra Mundial.)
La traición más flagrante de Trump es apoyar a Rusia sabiendo que da asistencia tecnológica a Irán
El campeón de ajedrez ruso Gari Kaspárov, exiliado en Nueva York, responde a la gran pregunta con otra. “Si Trump fuese un agente de la inteligencia rusa, ¿qué estaría haciendo diferente? Nada”. De momento, lo que sabemos es que, como mínimo, Trump se ha convertido en portavoz del Kremlin. Zelenski, dice, es “un dictador”, y Putin, “un amigo”. Cuando Zelenski ordenó esta semana más ataques contra refinerías rusas, el comentario de Trump fue: “Es una vergüenza”. Ni mu, en cambio, sobre los veinte niños ucranianos que murieron bajo los misiles rusos la semana anterior al acuerdo comercial con Putin.
Tal es la fascinación que Putin ejerce sobre Trump que se queda ciego ante la verdad más elemental de la guerra en Ucrania: que termina el día que Rusia deje de luchar; que el día que Ucrania deje de luchar, Ucrania deja de existir. Pero Trump insiste, después de casi cinco años de guerra, en que el principal obstáculo para la paz no es Rusia. “Zelenski podría haber acabado con esta guerra muchas veces,” dijo. “Y elige no hacerlo”.
Hay una traición incluso más flagrante, la de Trump contra su propio país. Persiste en su relación de amor con el líder más antidemocrático del mundo pese a que sus servicios de inteligencia (digo, los de EE.UU.) le dicen que Rusia ha estado dando asistencia tecnológica a Irán para que pueda lanzar ataques contra bases militares estadounidenses en el Golfo. O sea, estadounidenses y sus aliados mueren gracias a Putin, sin consecuencia alguna para él. Más bien todo lo contrario. Ah, y el motor real de la creciente inflación en EE.UU. nada tiene que ver con Ucrania y todo con la guerra que Trump inició en Irán.
Ahora, debemos reconocer que en un sentido Trump acierta. Hay una lógica en su decisión de comprarle diésel a Rusia. Todas las encuestas dicen que en las elecciones de mitad de mandato de noviembre el factor más negativo para su partido republicano será la subida del coste de la vida. Las muertes que EE.UU. provoca en Ucrania o la manifiesta verdad de que Trump pertenece no a la Casa Blanca sino a un manicomio son políticamente irrelevantes. Lo que Trump sí sabe es cómo manipular a sus fieles. Calcula que su acuerdo energético con Putin, por más cruel e inútil que sea, les convencerá.

Marco Rubio, el lamebotas de Trump que ejerce de su secretario de Estado, pronunció la semana pasada desde la Acrópolis de Atenas un vehemente discurso a favor de “la civilización occidental”. Entendida, claro, como aquella que defienden hoy EE.UU. y, en la vieja Europa, los neonazis alemanes. En tal caso, ante semejante disparate, nunca más indicada la frase atribuida a Gandhi. Cuando le preguntaron su opinión sobre, precisamente, la civilización occidental, cuentan que el mahatma respondió: “Creo que sería una buena idea”.
“Tuve que fotografiar a muertos de cerca, y ver mis propias fotos aún me afecta:
Isabel Azkarate, fotógrafa, 76 años: “Tuve que fotografiar a muertos de cerca, y ver mis propias fotos aún me afecta; hoy no sé si las haría”
LONGEVITY
Pionera del fotoperiodismo en España, Azkarate retrató la Nueva York de los ochenta, la violencia de ETA y los GAL en el País Vasco, el terror de Sendero Luminoso en Perú y dos décadas del Festival de San Sebastián
Hoy sigue saliendo a la calle, aunque ha cambiado la cámara de toda la vida por un teléfono móvil con óptica Leica, la misma marca con la que trabajó durante años

Isabel Azkarate fue una de las primeras fotógrafas del País Vasco.
Imma Cortés
Sobre la mesa hay cinco fotografías. En la primera, Isabel Azkarate (San Sebastián, 1950) aparece en el centro junto a decenas de fotógrafos hombres, en el Festival de San Sebastián de 1988. Quien dispara es el director Roman Polanski, con la cámara de ella. Después, vemos otra fotografía de una escena urbana de Nueva York en 1980, donde Isabel estuvo viviendo una temporada; y pasamos a otra mucho más dura, la de capilla ardiente de Enrique Casas, senador socialista asesinado en San Sebastián por ETA en 1984. La cuarta es Bette Davis en el Festival de 1989, poco antes de morir. La última, un chico con su perro en brazos; la hizo con un teléfono móvil para su exposición más reciente. Azkarate las va mirando y comentando una a una a una como quien se reencuentra con viejos y buenos amigos.
Considerada la primera mujer fotoperiodista de España, Azkarate fue fotógrafa oficial de la Diputación de Gipuzkoa entre 1985 y 2009 y del Festival de Cine de San Sebastián durante dos décadas. En 2023 donó a Kutxa Fundazioa un fondo de unos 175.000 objetos entre negativos, diapositivas, cámaras y publicaciones. Este año ha presentado en PHotoESPAÑA Azkarate vs. Azkarate, una exposición que enfrenta sus imágenes de los años ochenta y noventa con otras nuevas tomadas con un teléfono móvil. Habla pausado, se ríe mucho y enseguida pide que no la traten de usted: “Me siento mucho más joven de lo que soy”.
Tiene 76 años y sigue saliendo a la calle a hacer fotos. ¿Qué le empuja todavía?
Que es como mejor me lo paso, haciendo fotos. Ha sido mi pasión y he tenido mucha suerte en mi vida por hacerme fotógrafa, porque eso me ha hecho vivir tantísimas cosas, me ha hecho viajar de una forma diferente, buscando siempre hacer reportajes especiales. Lo que me inspira ahora es salir a la calle, como siempre, para buscar lo que me llama la atención, lo que me impresiona.
Ahora con un móvil.
He dejado un poco al lado las cámaras. Ahora, uso un móvil con unas lentes fantásticas y es mucho más fácil llevarlo en la mano. Así puedo hacer las fotos como las he hecho siempre, muy rápido, sin sacar la cámara de la bolsa, que es cuando te pierdes los instantes. Ha sido una maravilla quitarme todo ese peso de encima.
¿Cómo se mantiene una pasión durante toda una vida?
Yo nunca he pretendido nada con mis fotos; solo he querido que fueran buenas. Se aprende con cursos y libros, pero también hay algo innato, instintivo. Desde pequeños nos llevaban a museos, y en vacaciones recorríamos los de Francia, veíamos los cuadros de Toulouse-Lautrec, los de Van Gogh. El ojo se acostumbra pronto a la belleza. Mi madre, que había vivido en París hasta los 17 años, era una mujer muy culta y nos transmitió muchísimo en ese aspecto. Creo que en mis fotografías se refleja todo lo que fui mamando en la infancia.
¿Y cómo llegó la cámara?
Mi familia pretendía que yo fuera secretaria general de la empresa familiar. Estuve un año intentándolo y dije: estar en una oficina no es lo mío. Entonces cayó en mis manos una cámara y empecé a estudiar fotografía. Tenía muchos amigos artistas —pintores y escultores— en San Sebastián y luego me fui a vivir a Barcelona durante los setenta. José Antonio Salgot me encargó las primeras fotos para prensa, para la película Mater amatísima, con Victoria Abril. Así empecé.
En 1980 se fue a Nueva York.
A mí todo me chocaba en Nueva York. Creo que tiraba muchísimos carretes al día, porque todo me fascinaba. Había tantas razas diferentes… Nueva York era una fiesta, era genial. La noche que mataron a John Lennon, yo estaba en el teatro, viendo El hombre elefante, con David Bowie de protagonista. Al día siguiente, por toda la ciudad sonaba la música de Lennon. Yo estaba allí con la cámara y tengo varias fotos de ese día. Una de ellas es esa que está ahí colgada, la de un coche con un póster con la cara de Lennon. (Señala una fotografía expuesta en el lugar de la entrevista, en la Fundación Photographic Social Vision de Barcelona).
¿Qué aprendió allí que todavía utiliza?
A ser rápida con la cámara, a cambiar los objetivos en un segundo. En Central Park la gente se quedaba sorprendida porque les hacía la foto tan rápido que no les daba tiempo a reaccionar. Entonces nunca pedía permiso. Ahora sí, muchas veces. Y si alguien me pregunta por qué le hago una foto, le digo que porque me resulta más interesante que el que está al lado (ríe).
Nunca me trataron diferente por ser mujer; al contrario, me daban facilidades
Isabel Azkarate
76 años
Volvió al País Vasco en 1981 y entró en otra realidad.
Trabajaba en un periódico y me tocó vivir toda la época del conflicto vasco, cuando cada día había un atentado, una manifestación. Tenía que ir a fotografiar al muerto de cerca. Lo peor, siempre eran los atentados. Y la angustia de haber fotografiado muertos. Una época horrible.
¿Era consciente de ser una pionera del fotoperiodismo?
Todo ha sido sin darme cuenta, siguiendo mi instinto. Nunca me trataron diferente por ser mujer. Al contrario, me daban facilidades. En las manifestaciones, los grises, que disparaban pelotas de goma que hacen muchísimo daño, siempre se dirigían a mí con un “señorita”. Era rubia y siempre parecía más joven de lo que era. En Perú, cuando fui a fotografiar lo que hacía Sendero Luminoso, los propios campesinos me pedían: “Háganos la foto, señorita, enseñe lo que nos está ocurriendo”.
¿Cómo se protegía después de cubrir una tragedia?
En el momento ibas porque tenías que hacer la foto, y la hacías. Luego sí que era duro, te sentías fatal. Sobre todo, en Perú, con todos aquellos campesinos machacados a machetazos. Recuerdo, por ejemplo, fotografiar de cerca a un chico con un tiro que le atravesaba el cuello, toda aquella sangre. Era muy fuerte, horrible. Pero yo hacía las fotos.
¿Y se recomponía sola?
No quedaba otra.
¿Qué siente hoy cuando vuelve a esas imágenes?
Cuando tengo que buscarlas en el ordenador para alguna exposición, me siento otra vez fatal. Me entristece muchísimo lo que ocurrió entonces, y ver mis propias fotos me afecta. El tiempo no me las hace ver de otra manera, es como lo vi y lo viví en aquel momento.
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Esa violencia también entró en su casa.
Mi padre estuvo amenazado. Recibió una de aquellas cartas que mandaban a todos los empresarios del País Vasco. Mis padres habían arreglado con mucha ilusión un caserío antiguo en el monte, a veinte minutos de San Sebastián, donde lo celebrábamos todo. Después de esa carta, mi padre ya no se atrevía a ir. Ángel Berazadi, el primer empresario que mató ETA, era íntimo amigo de mis padres. Fueron unos años horribles. Destrozaban vidas.
Entre sus fotos hay una que cambia el punto de vista: Festival de 1988, usted en el centro, rodeada de fotógrafos varones. Detrás de la cámara, Roman Polanski.
El Diario Vasco hacía cada año una foto para la portada durante el festival y se les ocurrió ponernos a todos los fotógrafos en las escaleras del Hotel María Cristina, con Polanski delante de un trípode con una Hasselblad, como si nos fotografiara él. Pero la cámara no tenía carrete. Polanski protestó, y algún compañero dijo que daba igual, que a lo mejor ni sabía hacer fotos. ¿Cómo que Polanski no sabe hacer fotos? Le di mi cámara, la que llevaba preparada, me colocó en el centro e hizo la foto. Esa noche la revelé, porque yo era la fotógrafa oficial del festival y revelaba todas las noches. Se la llevé y me la dedicó. La tengo enmarcada en casa.
Al año siguiente fotografió a Bette Davis, poco antes de su muerte.
Qué señora más estupenda. Estaba hecha polvo, pero lo dio todo en aquel photocall. Había pedido que no la fotografiaran fuera de allí y, cuando dos fotógrafos lo intentaron en el vestíbulo del hotel, seguridad los paró. Entonces convocaron una huelga: a esta señora no se la vuelve a fotografiar. Y yo dije: ¿Qué? Era la fotógrafa del festival y la única ocasión que iba a tener de fotografiarla. Llevaba un maquillaje blanquísimo, creo que para que no se le notaran las arrugas, y con el flash salía blanca, blanca. Y la pillé justo cuando se llevaba el cigarrillo a la boca, porque seguía fumando.
Se la ve frágil y, a la vez, entera.
Quien tuvo, retuvo.
En 2023 donó su archivo a Kutxa Fundazioa. ¿Qué sintió al desprenderse de tantos años de trabajo?
Antes lo escaneé todo y lo tengo en el ordenador, en un aparato enorme con ocho discos duros. No es lo mismo que manejar los negativos. Ellos lo guardan en frigoríficos, porque todo mi trabajo se ha convertido en un documento que hay que conservar. Y ahí está, para la posteridad.
¿Encontró fotos que había olvidado?
Muchísimas sorpresas. Cuando hacías un trabajo, positivabas unas cuantas para entregar, no las 36 del carrete. Hay una, la de la perra en la ventana, en Nueva York; la hice tan rápido que no calculé bien la luz y en la hoja de contactos no me fijé. Al escanearla, vi que era una fotaza.
¿Cómo nació su último trabajo, Azkarate vs. Azkarate?
En una entrevista con María Santoyo, la directora de PHotoESPAÑA, conté que ya no iba con todos los trastos colgando, que ahora hacía fotos con el móvil. Se le quedó. Una marca de móviles quería entrar en el festival y ella les propuso que yo hiciera ese trabajo. Me dieron un teléfono con lentes Leica, la marca con la que yo trabajaba, y me fui a la calle a hacer fotos. Silvia Omedes e Imma Cortés tuvieron la idea de pasarlas a blanco y negro y ponerlas en espejo con fotos mías de los ochenta y noventa.
Con los años tienes otro respeto hacia la gente, pero siempre he querido reflejar lo que para mí era la realidad
Isabel Azkarate
76 años
¿Alguna pareja de imágenes que le emocione especialmente?
A un chico le pedí que cogiera a su perro en brazos. Luego me enteré de que era boxeador y daba clases en el gimnasio al que va un sobrino mío. La colocamos junto a una foto que hice en los ochenta en Washington Square, unos forzudos con un bulldog en brazos, también tatuados.
¿Ha cambiado su mirada con los años?
No creo que haya cambiado mucho. Quizá ahora soy un poco menos lanzada. Cuando trabajaba en un periódico, tenía que fotografiar al muerto de cerca; hoy, si veo un accidente, no sé si haría la foto de los heridos. Con los años tienes otro respeto hacia la gente. Pero siempre he querido reflejar la realidad, lo que para mí era la realidad.
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¿Qué ha aprendido del paso del tiempo después de casi cinco décadas tratando de detener instantes?
Que la vida es corta. Pero también que he hecho muchas cosas, que he vivido a tope. Ha sido una gran suerte estar en primera fila de todos los acontecimientos, culturales, políticos, de todo tipo. Estoy agradecida a la vida. Pasa tan rápido que ahora pienso en mi infancia y la estoy viendo clarísimamente, pero ya tengo 76 años.
¿Se reconoce en la joven que empezó en 1978?
Me sigo reconociendo. Mi vida siempre ha ido a mejor. Me siento más joven de lo que soy, aunque creo que eso le ocurre a casi todo el mundo (ríe). Encontré a mi actual pareja a los 43 años y antes había vivido muchísimas cosas. Dejas de ser un poco libre, claro. Pero yo, la verdad, es que me siento bastante libre.
De la fotografía, supongo, una no se jubila nunca.
Eso espero (ríe). Me viene un poco de mi abuelo, que murió con ochenta y tantos años sin ninguna gana de morirse. Fue un gran creador: escribió los primeros cursos de inglés y francés por correspondencia. Murió con las botas puestas. No dejó de escribir ni un día las ideas que se le ocurrían.





