LA MEDICINA DE LA MARIPOSA
La mariposa parece frágil, ligera, casi hecha para volar entre flores.
Pero antes fue oruga.
Se arrastró.
Vivió pegada al suelo.
Y llegó un momento en que seguir avanzando igual ya no fue suficiente.
Entonces entró en la crisálida.
Se quedó quieta, apartada del mundo, y permitió que la forma que conocía comenzara a deshacerse y reorganizarse.
Eso no es fragilidad.
Es una valentía cabrona.
Queremos transformación sin soltar nada:
alas sin crisálida,
ligereza sin desprendernos del peso.
Pero la mariposa no negocia así.
Para volar, tuvo que dejar de insistir en seguir siendo oruga.
Ahí está su medicina.
Hay momentos en que avanzar ya no significa seguir caminando, sino detenerse, callarse, entrar en la oscuridad y mirar de frente lo que llevamos años evitando:
miedos,
apegos,
heridas que ya se volvieron identidad.
Entrar en crisálida no es esconderse.
Es dejar de demostrar quién eres para descubrir quién queda cuando caen las formas con las que aprendiste a sobrevivir.
Y cuando la mariposa por fin emerge, no se queda admirando sus alas.
Va hacia las flores.
Poliniza.
Conecta.
Deja algo fértil a su paso.
Esa es la transformación verdadera:
no solo te vuelves más libre tú, también tu manera de estar en el mundo empieza a dar vida.
Las alas no comienzan cuando sales de la crisálida.
Comienzan el día en que dejas de aferrarte a seguir siendo oruga.