El rey más poderoso de Israel no tomaba ninguna decisión sin consultarlos primero.
Y nadie sabe exactamente qué eran.
Dos objetos. Sin descripción en ningún texto. Sin imagen. Sin instrucciones de fabricación. La Biblia los menciona más de diez veces como si el lector ya supiera de qué se trataba. Y luego, en algún momento entre el reinado de David y la destrucción de Babilonia, desaparecieron para siempre.
Esto es lo que se sabe. Y lo que nadie ha podido explicar.
Qué dice exactamente la Biblia
Éxodo 28:30. Dios le da instrucciones a Moisés sobre la vestimenta del sumo sacerdote. Le dice que sobre el pecho, dentro del pectoral sagrado, debe colocar el Urim y el Tumim. Sin más explicación. Sin descripción. Sin contexto. Como si Moisés ya lo supiera.
Levítico 8:8. Se ejecuta la orden: el sumo sacerdote Aarón viste el pectoral y dentro coloca el Urim y el Tumim.
Números 27:21. Dios le dice a Moisés que Josué, el nuevo líder de Israel, deberá consultar al sacerdote Eleazar, y que el sacerdote consultará el Urim para tomar las decisiones de guerra y paz.
Primera de Samuel 28:6. El rey Saúl, desesperado antes de una batalla que perderá, intenta consultar a Dios por todos los medios disponibles: sueños, profetas, y el Urim. Dios no le responde por ninguno. Esa será su última campaña.
La Biblia los menciona así, con familiaridad, como si fueran una parte conocida del sistema. Lo que no hace es describir qué son. Cómo se ven. De qué material están hechos. Cómo funcionan exactamente.
Eso quedó sin respuesta para siempre.
Lo que los nombres significan, y lo que no explican
En hebreo, Urim (אוּרִים) viene de la raíz que significa "luz" o "resplandor". Tumim (תֻּמִּים) viene de la raíz que significa "perfección", "integridad" o "verdad".
Luz y perfección. Luces y verdades. Iluminación perfecta.
El historiador judío Flavio Josefo, escribiendo en el siglo I d.C., describe piedras en el pectoral del sumo sacerdote que brillaban milagrosamente cuando la respuesta era favorable en la guerra. Dice que vio ese fenómeno documentado, aunque admite que el fenómeno había cesado 200 años antes de su tiempo.
El Talmud de Babilonia, el compendio de leyes y tradiciones judías compilado entre los siglos III y VI d.C., va más lejos. Explica que las letras grabadas en las doce piedras del pectoral —los nombres de las doce tribus de Israel— se iluminaban o sobresalían milagrosamente, formando palabras que el sumo sacerdote podía leer. Pero aclara algo importante: solo funcionaban si el sacerdote tenía el Espíritu Santo. Sin él, los objetos permanecían mudos.
Lo más perturbador es lo que el Talmud añade sobre el procedimiento: el consultante debía pararse detrás del sumo sacerdote, sin levantar la voz ni tampoco pensar la pregunta en silencio, sino murmurarla, como Hannah en su oración. Solo podía hacerse una pregunta a la vez. Y si se hacían dos, solo se respondía la primera. Las respuestas del Urim y Tumim, a diferencia de las de los profetas, no podían ser revocadas.
Para qué se usaban y quién podía usarlos
No eran un objeto para uso cotidiano. No eran para preguntas personales.
Su uso estaba reservado exclusivamente para cuestiones de importancia nacional. Solo podían consultarlos el rey, el tribunal supremo de Israel —el Sanedrín—, o alguien que actuara en nombre de toda la comunidad, como un general antes de una batalla.
Las preguntas documentadas en la Biblia siguen siempre el mismo patrón: ¿debemos atacar? ¿quién es el culpable? ¿a cuál tribu pertenece este territorio? Preguntas que en casi todos los casos —con solo dos excepciones que los académicos atribuyen a ediciones posteriores del texto— admitían una respuesta de sí o no.
La división de la tierra de Canaán entre las tribus de Israel fue decidida por medio del Urim y Tumim. Josué no tiró dados, no negoció con los líderes tribales, no escuchó a sus asesores. Consultó el oráculo.
David los usó con frecuencia durante sus años de huida de Saúl. Cuando masacraron a los sacerdotes de Nob, el único superviviente, Abiatar, huyó al campamento de David llevando el efod —la prenda que contenía el pectoral y con él el Urim y Tumim—. David los consultó repetidamente durante sus años de exilio: antes de atacar a los filisteos, antes de regresar a Judá, antes de cada movimiento significativo de su reinado.
Después de David, el registro se cierra. No hay evidencia convincente de que el Urim y Tumim haya sido usado tras la época de David. Los profetas reemplazaron al oráculo. Y el oráculo desapareció.
El momento exacto en que dejaron de funcionar
Aquí hay un desacuerdo entre fuentes, y ese desacuerdo revela algo.
Flavio Josefo, el historiador judío del siglo I, dice que el oráculo cesó 200 años antes de su tiempo —lo que lo sitúa aproximadamente en la era de Juan Hircano, el siglo II a.C., bajo el dominio de los Macabeos.
El Talmud es más específico y más severo: el Urim y Tumim se extinguió cuando murieron los primeros profetas, es decir, con la destrucción del Primer Templo por Nabucodonosor en el año 586 a.C.
Maimonides, el gran filósofo y rabino del siglo XII, dice algo diferente: que en el Segundo Templo el Urim y Tumim existía físicamente pero ya no funcionaba, porque los sacerdotes ya no tenían el Espíritu Santo. Su contemporáneo, el rabino Abraham ben David, va más lejos: dice que en el Segundo Templo el objeto simplemente no existía. Que se perdió con el primero.
Después de la destrucción babilónica, las preguntas difíciles quedaron reservadas "hasta que apareciera un sacerdote con el Urim y Tumim". Una frase que los textos de Esdras y Nehemías repiten dos veces —en el contexto del regreso del exilio— como si todos supieran que ese sacerdote nunca iba a llegar.
Las tres teorías sobre qué eran
Tres interpretaciones principales han sobrevivido dos mil años de debate académico y rabínico. Ninguna es definitiva.
Primera: eran piedras o suerte sagrada. El arqueólogo asirio William Muss-Arnolt señaló a finales del siglo XIX que los babilonios tenían una práctica casi idéntica llamada urtu y tamītu —palabras que significan "oráculo" y "mandato"— y que el sacerdote recibía respuestas divinas a través de objetos físicos colocados sobre su pecho. Los arqueólogos han encontrado en todo el Medio Oriente antiguo dados marcados, astrágalos —huesos de animales con marcas— y otros objetos de adivinación. La teoría más aceptada entre historiadores seculares es que el Urim y Tumim eran una forma de tirar la suerte: dos objetos, uno para sí y otro para no, que el sacerdote extraía del pectoral.
Segunda: eran gemas que emitían luz. Las doce piedras del pectoral del sumo sacerdote tenían grabados los nombres de las doce tribus de Israel. La tradición rabínica del Talmud sostiene que las letras de esos nombres se iluminaban sobrenaturalmente, formando palabras. Josefo describe este fenómeno como algo que él considera históricamente documentado. Esta teoría requiere un elemento milagroso.
Tercera: era un pergamino con el nombre de Dios. La tradición de Chabad y otras fuentes rabínicas medievales sostienen que el Urim y Tumim era un trozo de pergamino con el nombre de cuatro letras de Dios escrito sobre él —el Tetragrámaton— doblado dentro del pectoral. Su presencia sería lo que convertía al sacerdote en canal de revelación divina.
La mayoría de los académicos actuales creen que el Urim y Tumim era una especie de oráculo de suerte, pero esto no es en absoluto definitivo. Las respuestas documentadas a veces contienen más información de la que una simple respuesta sí/no puede dar, lo que sugiere que el proceso también involucraba revelación directa al sacerdote.
Lo que hace este misterio diferente a otros
Hay algo que distingue al Urim y Tumim del resto de objetos sagrados perdidos del mundo antiguo.
La Biblia no describe cómo fabricarlo. No hay registro de su manufactura, a diferencia del resto de la vestimenta sacerdotal, que sí tiene especificaciones detalladas de materiales, medidas y proceso. Y algo más extraño: la primera mención en Éxodo usa el artículo determinado —"el Urim y el Tumim"— como si el lector ya supiera de qué se trata. Como si fueran objetos conocidos que se colocan en su lugar, no objetos que se inventan o fabrican.
Eso tiene implicaciones que los académicos todavía debaten: ¿existían antes de Moisés? ¿los tomó de una tradición más antigua? ¿los encontró? ¿le fueron entregados de forma que el texto no describe?
El texto hebreo no da respuesta. Y la tradición oral, si alguna vez la tuvo, se perdió con el Templo.
Lo que quedó
En el año 586 a.C., los ejércitos de Nabucodonosor entraron a Jerusalén, quemaron el Templo de Salomón y se llevaron los tesoros sagrados a Babilonia. El Arca de la Alianza desapareció. El candelabro de oro desapareció. Y el Urim y Tumim —si aún existía en ese punto— desapareció también.
Cuando los judíos regresaron del exilio 70 años después y construyeron el Segundo Templo, el sumo sacerdote tenía pectoral, tenía efod, tenía las doce piedras con los nombres de las tribus. Pero no tenía el oráculo. El Talmud lo pone entre las cinco cosas que estaban en el Primer Templo y no en el Segundo.
Dos mil seiscientos años después, la Universidad de Yale tiene grabado en su escudo las palabras en hebreo: Urim y Tumim. Luz y verdad.
El lema oficial de la universidad más antigua de los Estados Unidos es el nombre del oráculo perdido de los sacerdotes hebreos.
Nadie en New Haven sabe exactamente qué eran tampoco.
Las menciones bíblicas del Urim y Tumim se encuentran en Éxodo 28:30, Levítico 8:8, Números 27:21, Deuteronomio 33:8, 1 Samuel 14:41, 28:6, Esdras 2:63 y Nehemías 7:65.