jueves, 15 de octubre de 2026

Los insectos no atacan una lámpara apagada. Siempre van por la que está brillando.

 Los insectos no atacan una lámpara apagada.

Siempre van por la que está brillando.
Es una ley de la naturaleza.
Y también es una ley de la vida social.
El que brilla atrae.
Y no todos los que se acercan vienen a admirar.
Algunos vienen a calentar.
Otros a chupar.
Otros a apagar.
La luz no distingue.
Solo atrae.
El que decide encenderse tiene que aceptar que será visto.
Y el que es visto, será criticado.
Será envidiado.
Será atacado.
No porque haya hecho algo malo.
Porque está brillando.
Y su brillo les recuerda a los demás su propia oscuridad.
Schopenhauer decía que la envidia es el vicio más universal y el más inevitable.
Nadie está libre de ella.
Ni el que la sufre.
Ni el que la provoca.
El que tiene mucho, despierta envidia.
El que tiene poco, la siente.
Y en ese juego, la mayoría se queda atrapada.
Mirando al otro. Comparándose.
Midiendo su luz con la ajena.
Nietzsche lo llamó resentimiento.
La moral de los débiles.
La venganza disfrazada de virtud.
El que no puede brillar, juzga al que brilla.
Lo condena.
Lo llama arrogante.
Lo llama farsante.
Lo llama malvado.
Y mientras lo condena, se queda en la sombra.
Pero la sombra no es un lugar seguro.
Es un lugar cómodo.
Y la comodidad no ilumina nada.
La lámpara no elige a los insectos.
Solo elige encenderse.
Y una vez encendida, los insectos vienen solos.
No hay forma de evitarlo.
No hay forma de brillar sin atraer.
No hay forma de crecer sin generar resistencia.
El que quiere luz, tiene que aceptar los insectos.
El que quiere éxito, tiene que aceptar la envidia.
El que quiere avanzar, tiene que aceptar que algunos se quedarán atrás.
Y que esos algunos, muchas veces, serán los que más cerca estaban.

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