lunes, 3 de agosto de 2026

EL CÍRCULO DE LAS SIETE LLAMAS

 EL CÍRCULO DE LAS SIETE LLAMAS

En una época anterior al nacimiento de la historia, cuando el cielo aún cambiaba de forma cada noche, existía un santuario construido sobre un lago inmóvil.
No tenía muros.
No tenía puertas.
Solo un inmenso círculo grabado en piedra blanca.
En su centro permanecía la figura de un ser humano con los brazos extendidos, rodeado por una estrella de seis puntas.
Los antiguos no lo llamaban templo.
Lo llamaban el Círculo de las Siete Llamas.
Decían que el universo había sido encendido por siete fuegos primordiales.
El Fuego del Origen.
El Fuego del Movimiento.
El Fuego del Conocimiento.
El Fuego de la Memoria.
El Fuego del Equilibrio.
El Fuego del Tiempo.
Y el último...
El Fuego del Regreso.
Cada uno ardía en un extremo invisible de la realidad.
Mientras las siete llamas permanecieran encendidas, el universo conservaría su armonía.
Pero una de ellas comenzó a extinguirse.
No porque faltara combustible.
Sino porque los seres conscientes habían dejado de recordar su propósito.
Los guardianes del santuario convocaron entonces a los sabios de todas las civilizaciones.
Astrónomos.
Geómetras.
Alquimistas.
Constructores.
Ninguno consiguió reavivar la llama perdida.
Las figuras grabadas sobre el círculo permanecían inmóviles.
Los símbolos dejaron de emitir luz.
Y el cielo comenzó a llenarse de grietas luminosas.
Fue entonces cuando una niña, que jamás había estudiado aquellos misterios, caminó descalza hasta el centro del círculo.
No llevaba libros.
No llevaba instrumentos.
Solo observó el dibujo durante unos instantes.
Después colocó lentamente ambas manos sobre la piedra.
En ese momento ocurrió lo imposible.
La estrella comenzó a girar.
Los antiguos símbolos despertaron uno tras otro.
Las aguas del lago reflejaron constelaciones que no pertenecían a aquel cielo.
Y las siete llamas aparecieron suspendidas alrededor de la niña como pequeños soles.
Los guardianes cayeron de rodillas.
Comprendieron que habían interpretado mal el propósito del santuario durante miles de años.
No era un mecanismo para controlar las fuerzas del universo.
Era un espejo.
Cada llama representaba una virtud que debía mantenerse viva dentro de quienes habitaban el mundo.
Cuando una civilización olvidaba la compasión, una llama se debilitaba.
Cuando olvidaba la verdad, otra perdía intensidad.
Cuando abandonaba la sabiduría o el equilibrio, el círculo entero comenzaba a romperse.
No era el cosmos quien enfermaba.
Era el corazón de los seres conscientes el que apagaba lentamente la luz del universo.
La niña abrió los ojos.
Las siete llamas regresaron a su lugar.
El cielo volvió a cerrarse.
Y antes de desaparecer entre la niebla del amanecer, dejó una única frase grabada sobre la piedra:
"El universo nunca pidió ser salvado. Siempre esperó que quienes lo habitan recordaran cómo mantener encendida la luz que llevan dentro."
Desde entonces, los viajeros hablan de un lago que aparece únicamente durante ciertos amaneceres.
En su superficie puede verse un inmenso círculo de símbolos antiguos.
Dicen que, si alguna vez las siete llamas vuelven a apagarse al mismo tiempo, no será el fin del mundo.
Será el instante en que el universo deje de reflejar a la humanidad... porque la humanidad habrá olvidado por completo quién era desde el principio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario