lunes, 3 de agosto de 2026

A estos hombres y mujeres se los conocía como anacoretas.

 

Durante la Edad Media hubo personas que, por decisión propia, aceptaban vivir el resto de sus vidas encerradas en una pequeña celda construida junto a una iglesia.
Desde el exterior, muchos las comparaban con una tumba.
A estos hombres y mujeres se los conocía como anacoretas.
Tras una ceremonia religiosa, eran conducidos a su diminuta habitación, donde una puerta era sellada definitivamente.
Su único contacto con el mundo era una pequeña ventana por la que recibían comida y hablaban con quienes buscaban consejo espiritual.
Existe un detalle especialmente inquietante.
El ritual de ingreso se parecía tanto a un funeral que, en algunos lugares, el sacerdote celebraba oraciones propias de los difuntos antes de que la celda fuera cerrada.
Para la sociedad medieval, el anacoreta había muerto simbólicamente para el mundo.
Algunos permanecieron recluidos durante décadas sin volver a salir jamás.
No estaban prisioneros.
Habían elegido dedicar toda su existencia al silencio, la oración y el aislamiento absoluto.
Hoy todavía pueden verse estas pequeñas celdas adosadas a antiguas iglesias de Inglaterra y otros países europeos.
Y cuesta imaginar cómo alguien pudo pasar tantos años viviendo en un espacio que, para cualquiera de nosotros, se parecería más a una tumba que a un hogar.
Durante la Edad Media hubo personas que, por decisión propia, aceptaban vivir el resto de sus vidas encerradas en una pequeña celda construida junto a una iglesia.

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