domingo, 29 de enero de 2017

FRASE DEL ANIO

WETIKO, EL VIRUS PSICOESPIRITUAL QUE ESTÁ INFECTANDO A TODA LA HUMANIDAD por Pijamasurfrf

Hay un término que puede ser muy relevante para lo que estamos viviendo como civilización: wetiko. Este término es usado por los indígenas nativos americanos (wetiko para los algonquin, windigo para los ojibwa) para describir la forma de pensamiento que se desarrolla entre personas que practican el canibalismo, como si fuera el virus mental del canibalismo. Se dice que este patógeno engaña a su huésped y lo hace creer que obtener la fuerza vital de los demás (plantas, animales, personas, etc.) es una forma lógica y racional de existir. En otras palabras es el virus del egoísmo, o lo que Paul Levy ha llamado en su libro Dispelling Wetiko “egofrenia”, el egoísmo intrínsecamente como una enfermedad que impide reconocer la realidad de que vivimos en un mundo interdependiente, que toda la vida tiene el mismo valor intrínseco y que en realidad no existimos como egos separados.
En su libro Colombus and Other Cannibals, el historiador de la cultura nativo americana Jack D. Forbes describe la creencia común entre comunidades indígenas de que los conquistadores europeos estaban crónicamente infectados de wetiko. “Trágicamente, la historia del mundo en los últimos 2 mil años es, en gran medida, la historia de la epidemiología de la enfermedad del wetiko”, escribe Forbes. “El canibalismo es el consumo de la vida de otra persona para el beneficio propio”. Puede que actualmente el canibalismo no ocurra de manera literal —aunque se podría argumentar que alimentarnos de animales es una forma de canibalismo— pero ocurre masivamente en la forma en la que se ejecuta nuestro sistema económico. Miles de millones de personas viven entregando su jornada, toda su fuerza vital, persiguiendo una ilusión, una fantasía ajena, y en el proceso entregando su riqueza a unos pocos. Podemos ver un canibalismo en la voluntad de poder de conquistar el mundo y explotar la naturaleza; en el sobreconsumo y en la extracción de todos los recursos con el fin de obtener más ganancias personales (una especie de vampirismo también de la fuerza vital del planeta). Todo esto se hace en nombre de la civilización, un argumento colectivo que es la más crasa hipocresía. Cuando le preguntaron a Gandhi qué pensaba de la civilización occidental, contestó: “Creo que sería una buena idea”. Una buena idea que pese a algunos intentos no ha logrado materializarse. 
Al final de cuentas el egoísmo, o la egofrenia, es un canibalismo psíquico. Decimos que es una enfermedad espiritual o psicoespiritual porque centra toda la conciencia en una parte del cerebro e impide reconocer la profundidad de la mente (que no está constreñida sólo a un cuerpo, a la materia), es decir, se niega el aspecto espiritual del ser. “La civilización moderna padece un extremo dominio de los aspectos racionales e intelectuales de la mente, un desequilibrio que parece desconectarnos de la naturaleza, de la empatía y de nosotros mismos”, dice Levy.
Podemos creer que wetiko es sólo una forma, más o menos supersticiosa, de imaginar concretamente nuestro egoísmo. Pero es posible que aunque sea sólo una enfermedad mental pueda también contagiarse y replicarse en otras personas, como sugiere la teoría memética de Richard Dawkins. De cierta manera la información se comporta como un organismo vivo que busca perpetuarse, lo cual logra infectando a través de las ideas y el contenido mental (genes culturales) a otros organismos. Paul Levy sugiere que el wetiko opera como un virus mental que se esparce a través de nuestros puntos ciegos, de la mente subconsciente, y depende de nuestra propia ignorancia de lo que está sucediendo, es decir, de no ver que estamos siendo arrastrados por la importancia personal o la egofrenia. 
Levy compara el wetiko con el concepto de la Prisión de Hierro Negro del escritor Philip K. Dick. En sus visiones gnósticas Dick notó que “estamos en un tipo de prisión pero no lo sabemos”. Debemos darnos cuenta de que estamos encerrados en una cárcel y que existe una especie de simulación, generada por nuestra propia mente (infectada por un agente patógeno, “un falsificador del espíritu”), que se superpone a la realidad. “La Prisión de Hierro Negro es una vasta y compleja forma de vida que se protege a sí misma induciendo una alucinación negativa”.
La Prisión de Hierro Negro se replica creando a través de nosotros microextensiones de ella misma, “extendiendo su pensamiento androide (la uniformidad) cada vez más”. A lo que Levy agrega: "el pensamiento androide, esto es, pensamiento grupal robótico mecanicista (sin creatividad programada en su sistema) es una de las cualidades de la mente tomada por wetiko”. La enfermedad opera produciendo un sentido de aislamiento e independencia, de que estamos solos aquí adentro y el mundo allá afuera es salvaje y hostil. “Wetiko nos distrae explotando nuestra tendencia habitual inconsciente a ver la fuente de nuestros problemas como algo externo a nosotros”. Dick había escrito también que creer que existe una realidad objetiva separada de la mente que la observa sería “un terrible error intelectual”. Esto es importante porque esta creencia en un mundo objetivo es la raíz de nuestra separación —lo que sustenta un mundo dividido entre un sujeto y sus objetos— y es también el alimento que mantiene corriendo el programa del ego como una realidad absoluta.
Philip K. Dick escribió: “A veces me parece que el planeta está bajo un hechizo. Estamos dormidos o en un trance”. Dick creía que un demiurgo que había querido reemplazar la creación original divina había producido un mundo falso, una realidad espuria —pero lo había creado a través de nosotros. El demonio se había infiltrado en nuestra propia mente, al punto de hacernos pensar que es nuestra mente. (En este sentido puede ser útil recordar la visión del budismo tántrico de que los demonios son en realidad sólo las aflicciones de nuestra propia mente que se proyectan hacia afuera). 
Debido a que a final de cuentas el mundo es divino y perfecto, según Dick, el mismo demiurgo y su simulacro global —la Prisión de Hierro Negro o el mismo wetiko— son agentes de nuestra propia evolución, la enfermedad puede ser el detonador de un estadio de conciencia, de un reconocimiento de lo que es verdaderamente esencial en la vida. Se trata de descubrir que “hay un universo detrás del nuestro, oculto en su interior”. “El mundo no es sólo una falsificación, hay más: es una falsificación, pero debajo de ella yace otro mundo, y es ese otro mundo, ese mundo del Logos, que se filtra y rompe a través”. Dick dice que podemos acceder a ese mundo sin la necesidad de un sacerdote o intermediario. Para hacerlo debemos recordar (anamnesis) que nosotros no somos realmente egos en un cuerpo sino que nuestra naturaleza es la misma que la divinidad que hizo que se manifestara el universo en primer lugar, es decir que somos la totalidad. Es por ello que el camino —y Dick era un ferviente cristiano gnóstico— es liberarse de la importancia personal y no huir del sufrimiento consustancial del mundo, sino hacerlo sacrificio en la trascendencia del conocimiento de esta unidad divina. “Si es que existe la felicidad en el hombre, ésta viene de su renuncia voluntaria a su yo en favor de su participación en el destino de la unidad total”, escribió Dick. “El poder supremo de la compasión es el único poder capaz de resolver este laberinto”. Tenemos aquí una receta para escapar de la Prisión de Hierro Negro (de la Matrix) y al mismo tiempo curarnos de este virus llamado wetiko.
A fin de cuentas la noción de que somos egos o seres individuales separados del mundo es sólo un meme, quizás el meme más exitoso de la historia. Terence McKenna sugería que debíamos contrarrestar los efectos del egoísmo que estaba destruyendo el planeta esparciendo otros memes. En este sentido esparcir el meme de wetiko, es decir, hacer que nos demos cuenta de que padecemos esta enfermedad utilizando mecanismos de replicación de información, podría ser un poderoso remedio para tratar la psicosis colectiva que sufrimos.

FASES DEL DESPERTAR

Sobre la Nueva Era

Vivo maravillada ( irónicamente hablando), sobre la facilidad con que muchas de las nuevas mentes que han sido " Tocadas por Varita Divina" hablan, escriben, ofrecen conferencias, seminarios, ejercicios en la montana con el único afán de trasmitir lo que les ha sucedido y con ello dar clases de cómo lograrlo al resto de los mortales.

No digo que esto no pase de verdad, seguramente cada vez son más las personas que son " Tocadas por voces" y guiadas a escribir y preparar a los que vienen atrás.
Pero...  cómo entender esto?.

Lo mas importante que he leído u oído es la frase típica:  Todos somos uno. Todos somos el todo.Todo está en el todo.


Con qué clase de vivencia, una persona normalita puede entender que el árbol de la esquina de su casa, la manzana que se acaba de comer, la iglesia del otro lado, incluso los asesinos a sueldo son " nuestro YO. ? Todo lo mencionado está en nuestro ser, lo queramos o no. Por dónde empezar a digerir semejante montana de conocimiento?.

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¿Ves el humo? Ahí está tu mamá', me decía el alemán de las SS"

Annette Cabelli ingresó con 17 años en el campo de exterminio. Su madre fue llevada a la cámara de gas el primer día
"A mi hermano le cogieron para un experimento en Auschwitz; le cortaron los testículos"
"Las mujeres de las SS ponían el agua caliente y luego muy helada. Y ellas se reían y nosotras chillábamos"
"Tiraban a los niños a un agujero, encima arrojaban a sus madres y luego les prendían fuego"

En esa mirada de 92 años que ven, caben todos los horrores que una chica jamás tendría que haber visto: su madre fue enviada a la cámara de gas el mismo día que Annette Cabelli entró a Auschwitz; su hermano fue utilizado como cobaya humana en el campo de exterminio y le cortaron los testículos; y ella -a la edad de 17 años- era una de las encargadas de transportar los cuerpos sin vida en una carretilla.
«Yo trabajaba en una barraca que era utilizada como hospital. La persona que entraba al hospital no salía más. Por la mañana sacábamos todos los muertos. Había mujeres que no estaban todavía muertas. Moribundas. Pero tenían parte del cuerpo comido por las ratas».
Murieron 1,1 millones de personas, la inmensa mayoría judíos. Cuando el 27 de enero de 1945 Anatoly Shapiro -oficial del ejército soviético- entró al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau para su liberación, sólo había 2.819 supervivientes. Por llamarlos de algún modo: «Vimos algunas personas vestidas con harapos. No parecían seres humanos. Eran puro hueso. Les dijimos que eran libres, pero ellos no reaccionaron. No podían mover la cabeza ni decir una palabra».
En esos ojos que ven, decíamos, caben todos los horrores vistos.
En esa garganta caben seis idiomas.
En ese pecho caben dos hijas y tres nietos.
Y en ese antebrazo que muestra cabe lo peor del siglo XX.
La anciana se levanta la manga de la chaqueta para enseñarnos el número 4065 que le tatuaron en Auschwitz. Como si viniera a donar sangre. O como si viniera a recordar una vacuna. Que es lo que precisamente viene a hacer.
-Hoy se cumplen 72 años de la liberación de aquel campo de exterminio. ¿Qué edad tenía usted cuando los nazis ocuparon Grecia y en qué cambió su vida?
-Tenía 15 años y vivíamos en Salónica. Notamos la violencia rápidamente. Pusieron un anuncio para que todos los judíos nos presentásemos en la sinagoga. Para ponernos la estrella de David. No había nada para nosotros. Éramos tres hermanos y mi padre se había muerto cuando yo tenía cuatro años. Vivíamos con cartillas de racionamiento. Los alemanes se llevaron a mis hermanos para trabajar. Al mayor, Alberto, lo pusieron de mecánico en las máquinas de tren. Al pequeño, Dino, se lo llevaron a trabajar a una montaña para extraer cal. Los ojos de mi madre ni se veían por la mañana de todo lo que lloraba por la noche. Muchas personas morían de hambre y de enfermedades, hinchadas.
-¿Cómo acabó en Auschwitz?
-Llegó un momento en que decidieron movernos a los 65.000 judíos de Salónica y de toda la zona y llevarnos a los campos. Nos hicieron ir a los trenes. Un hombre uniformado señalaba y decía «tú, tú y tú». Señalaron a mi hermano mayor y se lo llevaron a Auschwitz. Nunca más le vimos. Luego acabamos allí el resto de la familia.
-Hubo un periodista de The New York Times, H. W. Lawrence, que, al descubrir el campo de exterminio de Majdanek, dijo que era el «lugar más espantoso de la faz de la tierra». Yo querría saber qué fue lo que vio, ¿cómo lo definiría?
-Yo estuve en Birkenau, un año y en Auschwitz, un año y dos meses. Llegamos cuando amanecía. Recuerdo los hornos nada más llegar. Y que nos empezaron a chillar nada más bajar del tren. Un vagón cerrado como si fuéramos bestias. Había gente que no podía ni saltar. Cuando uno se caía, otro pasaba por encima. Un altavoz decía que las mujeres y los viejos que no pudieran caminar tenían que subirse a unos camiones. Seleccionaban a los fuertes. El primer día me tatuaron el brazo. Nos llevaron al baño. Nos cortaron el pelo. Las mujeres SS ponían el agua muy caliente y luego muy helada. Y ellas se reían y nosotras chillábamos.
-A su madre la mandaron a la cámara de gas nada más llegar. ¿Cuál es el último recuerdo que tiene de ella?
-No tuve tiempo de despedirme de mi madre. Cuando bajamos del tren, empezaron a dividir gente. Todos los que iban en el camión de mi madre fueron gaseados. La última imagen de mi madre es en el tren. Allí no teníamos ni agua ni comida. Y la pobrecita [que era descendientes de sefardíes, los judíos que eligieron el exilio antes que la conversión en la España de 1492] me decía: «Tanto que quería llevaros a España y al final no vamos a ir». Con el paso de los días, un alemán me dijo: «¿Ves el humo? Ahí está tu mamá».
-Usted era una niña de 17 años cuando llegó allí. Me gustaría que me hablara de los niños. ¿Cómo era ser niño en Auschwitz?
-Muchos niños mentían y decían que eran mayores de lo que eran, porque a los menores de 14 los llevaban al horno. El de 13 decía que tenía 15. El de 14 decía que tenía 15. Para que les pusieran a trabajar en vez de matarlos. A los pequeños los llevaban a los hornos. Yo caí con tifus. Estuve 40 días con fiebre. Adelgacé 10 kilos. Salí pesando 41. Para poder dormir tenía que fumar majorka, una cosa malísima. Era como el hachís, que te colocaba. Porque solo dormía si fumaba. Si no me pasaba la noche entera despierta. A mi hermano, que tenía 20 años, lo tomaron para hacer experimentos y le cortaron un pedazo de abajo [los testículos]. Había una barraca con gemelos. Allí los llevaban de dos en dos para experimentos. También a los enanos. Durante unas semanas o meses. Luego los llevaban al horno.
-Un olor que recuerde.
-El olor al humo, el olor a carne como si hubiera sido frita.
-¿Y un ruido?
-Cuando era fiesta judía venían los SS a la barraca y cerraban la puerta para hacer la selección. Ese sonido de la puerta cuando cerraban. Aunque cuando iban a por los judíos húngaros era peor: había gente que estaba esperando en la puerta con los chicos para entrar a la cámara de gas, entonces cogían a los niños, los tiraban a un agujero, echaban encima a sus madres y prendían fuego.
-¿Por qué ha decidido dar testimonio del Holocausto [invitada por el Centro Sefarad y Comunidad Judía de Madrid]?
-Tengo 92 años, pero quiero hablar de esto. La gente necesita saber lo que pasó. Mientras pueda hablar tengo que hacerlo.
-El día de la liberación había en el campo 2.819 supervivientes. Usted salió unos días antes en una de las famosas marchas de la muerte que le condujo hasta el campo de Ravensbrück y desde ahí al de Malchow.
-Mi hermano fue liberado por los rusos el 27 de enero de 1945, como el resto. Yo hice la marcha de la muerte empujada por los alemanes unos días antes, el 18 de enero. Días y días andando por la nieve, a -13 o -15 grados. Murió mucha gente. Cuando no podías andar, los alemanes te disparaban.
-No es extraño que algunos supervivientes se sientan culpables por haber sobrevivido. ¿Le pasó a usted?
-Sí. Es verdad. ¿Por qué yo y no ellos? Perdóname... (Se emociona) Yo no puedo creer más en Dios: si Dios hubiera existido tendría que haber hecho algo.
-¿Sigue llorando aún hoy?
-Ya no puedo llorar más. En el campo yo no lloré nunca. Mi sobrina se murió por esto: siempre iba llorando y diciendo «papá» y «mamá». Yo no. Yo decidí que había que luchar.

sábado, 28 de enero de 2017

EL HOMBRE MAS FELIZ DEL MUNDO DICE:::

Meik Wiking, director ejecutivo del Instituto para la Búsqueda de la Felicidad de Copenhague, se licenció en Ciencias Políticas, trabajó para el Ministerio de Asuntos Exteriores de Dinamarca, y durante siete años para el think tank Monday Morning, estudiando la sostenibilidad en la economía ecológica. Pero en el 2012 le llamó la atención una resolución aprobada por la ONU en la que demandaba a los países europeos que incorporaran parámetros de calidad de vida y felicidad para medir el progreso. Consciente de que Dinamarca encabezaba el ranking de los países del mundo más felices decidió con 33 años crear el Instituto de Investigación sobre la Felicidad: “Desde entonces mi carrera y mi trabajo consisten en averiguar tres cosas: cómo medir la felicidad, por qué unas personas son más felices que otras, y cómo mejorar la calidad de vida”.

Por mucho que nos digan que la felicidad viene de dentro, en esta parte del mundo, vivir en uno de los estados del bienestar nórdico, ayuda: Acceso gratuito a la sanidad, a la universidad, igualdad entre hombres y mujeres, buenas pensiones... “No es que bailemos por las calles”, dice Wiking, Y explica: “Si, por ejemplo, yo perdiera mi trabajo, podría seguir manteniendo un nivel de vida relativamente alto. No creo que haya nadie en Dinamarca que no pueda dormir pensando que sus hijos no van a ir a la universidad. Comparado con los Estados Unidos de la Ansiedad, somos felicísimos: no tenemos que competir desde párvulos. Que la gente pueda tener una buena vida, elija la profesión que elija, es una ventaja a muchos niveles, incluso reduce la tasa de criminalidad, ya que no hay mucho por lo que pelearse. Pero siempre podemos aprender de otros países, y por eso recorro mundo con mis encuestas”.
Medir la felicidad no es algo sencillo, en el Instituto de Investigación sobre la Felicidad usan las recomendaciones de la OCDE, entre ellas una vida que tenga sentido: “Seguimos a grandes grupos de personas a lo largo de décadas y vemos cuáles son los hechos que influyen en su felicidad o infelicidad (uno de ellos es la pérdida del trabajo). Con nosotros trabajan economistas, filósofos, sociólogos, antropólogos, psicólogos, politólogos. Somos un think tank que estamos entre el mundo académico y político, y entre la sociedad y las empresas. Si sabemos que las sociedades igualitarias son más felices, ¿por qué no convertimos eso en políticas concretas? Si a las personas les hace infelices invertir mucho tiempo en desplazarse al trabajo, que son más dichosos si van andando o en bicicleta, ¿por qué no lo priorizamos en el diseño de las ciudades y en la flexibilidad laboral?”.
El periódico The Times lo califico como el hombre más feliz del mundo... “No sé si es cierto, aunque quizá esté entre los finalistas”, dice entre risas. El último de sus libros, Hygge, la felicidad en las pequeñas cosas, editado en español por Libros Cúpula, ha sido traducido a 25 idiomas. La palabrahygge significa bienestar, y los daneses la conjugan de mil maneras, puede ser verbo y adjetivo, y la usan constantemente. Se desean un día hyggelig y cuando tienen frío en los pies se ponen unos hyggesokker de buena lana. Se trata resumiendo mucho, del arte de crear intimidad, del confort del alma, del placer de la presencia de cosas reconfortantes, de la unión acogedora.
Los daneses son los que más a menudo se reunen con sus amigos y familiares de toda Europa. Salen a las cinco del trabajo, a las cuatro si tienen hijos. Tienen uno de los regímenes impositivos más altos del mundo, a cambio tienen los índices más bajos en incertidumbre y ansiedad. También tienen largos y duros inviernos que combaten con el ambiente hygge. Para ellos la iluminación es fundamental: cuanto menor es la temperatura de la luz, más hygge; y queman más velas per cápita que en cualquier otro lugar del mundo.
En su manifiesto dicen claramente: apaga luces (ambiente), apaga el móvil (presencia); café, chocolate, galletas, pasteles hygge... (placer). Nosotros por encima de yo (igualdad). Disfrútalo: este podría ser el mejor momento (gratitud). Te queremos tal cual eres, no hace falta que presumas de tus logros (armonía). Desconecta, ponte cómodo (comodidad). Nada de agobios, ya hablaremos de política otro día (tregua). Construye relaciones e historias (unión). Esta es tu tribu, este es tu remanso de paz y seguridad (refugio). Las relaciones sociales constructivas y relajadas, las de verdad, son, según los estudios, esenciales para la felicidad. Por lo demás: ropa cómoda e informal, pelo informal, chimenea, madera, mantas, cojines, juegos de mesa y hogar, mucho hogar; aunque también hay hygge para oficina y locales. “El hygge consiste en sacar lo mejor de lo que tenemos en abundancia: el día a día”, resume Wiking.