viernes, 23 de septiembre de 2016

La conmovedora carta de Laura Ulloa, la niña caleña que estuvo secuestrada por las Farc

Laura Ulloa fue secuestrada en septiembre de 2001 por guerrilleros de las Farc que la mantuvieron retenida durante siete meses. 
Elpais.com.co|Colprensa
Quince años después de haber sido secuestrada por las Farc cuando iba para su casa en el sur de Cali en un bus escolar, Laura Ulloa González recuerda cómo fueron esos días de secuestro en una conmovedora carta que le compartió a El País. 
Cuando sucedieron los hechos ella tenía 11 años y cursaba quinto grado de primaria en el Colegio Colombo Británico. Laura fue llevada por sus secuestradores hacia Los Farallones de Cali. 
Esta es la carta escrita por Laura Ulloa González
"Ayer hace 15 años fui secuestrada, un 20 de septiembre de 2001. Desde entonces he contado mi historia rescatando siempre los momentos positivos y los aprendizajes obtenidos, pues es así como quiero recordar esos siete meses que me cambiaron por completo. 
Sin embargo, no puedo desconocer lo duro que significó este episodio para mi familia y para mí. Tampoco puedo desconocer que era una niña, que rara vez me quedaba a dormir donde alguna amiga, y si pasaba, al día siguiente era feliz cuando me recogían mis papás para volver a la casa. 
A esa edad, no sabía lo que era estar sola, pero estando secuestrada lo comprendí, no solo porque no conocía a nadie, sino porque era muy distinta a todos los que me rodeaban. Mi vida había sido diferente a la de ellos sin que yo lo hubiera decidido, a esa edad yo no decidía. 
La primera vez que hablé con mis papas (después de una semana secuestrada) solo tuvimos 30 segundos donde entre lágrimas no pudimos decir mayor cosa. El vacío en mi pecho tan profundo y doloroso que entre el llanto aparecían ganas de vomitar. Yo jamás había llorado tanto como en cautiverio, y no sólo lloraba por estar lejos de mi familia, lloraba porque sabía el dolor que estaban sintiendo y no había nada que yo pudiera hacer.
 Aún recuerdo como amanecía con los ojos chiquiticos cada vez que se les quebraba la voz a mis familiares mientras me enviaban mensajes que escuchaba a través de la radio. Muchas veces sentí que el corazón se me encogía de lo mucho que me dolía y que las lágrimas ya no reflejaban con precisión mi dolor. Muchas noches, lloré como una niña, desconsolada entre las cobijas hasta que el sueño por fin me socorría. 
Y a pesar de que a los 11 años, nuestros padres nos cuidan y nos consuelan cuando estamos tristes, para mí fue distinto. Cuando tuve otras oportunidades de comunicarme con ellos, sentir su dolor me partía el alma, me dejaba sin fuerzas y nadie me consolaba. Sin embargo, sentía que lo más importante era que ellos estuvieran tranquilos y por eso cada vez que podía les decía que estaba más gordita y cachetona, que no me hacían daño y que lo único que quería era que no se preocuparan por mí porque yo estaba bien. 
¿Y qué hacían los guerrilleros? Siempre he dicho que el trato hacía mí no pudo ser mejor. Lo digo así porque aunque las groserías eran persistentes en sus frases, se insultaban, tenían conversiones de adultos delante de mí y a veces incluso me llamaban: “china pendeja” porque me quedaban grandes las botas y me caía repetitivamente, no podía esperar nada distinto de ellos. 
A quienes conocí en la guerrilla, eran (espero que sigan) niños y niñas, hombres y mujeres que a la fuerza me hicieron abrir los ojos y entender lo que significa vivir en medio de la más profunda pobreza y el más horrible sufrimiento. Seres humanos provenientes de familias divididas, donde el abuso sexual, el abuso verbal, la escasez, la precariedad y la falta de amor y respeto fueron una constante en su infancia y adolescencia.
Seres que no tenían sueños, pues a la mayoría no se los admitieron y los tildaban de brutos o de ilusos si se imaginaban un futuro distinto al de sus padres. Seres que habían tomado una mala decisión, seres que pensaban que la paz se conseguía a través de la guerra. 
Estando en cautiverio sentí compasión por ellos, no odio. Entendí que aun estando secuestrada era, y seguía siendo una privilegiada. Había crecido en  el seno de  una familia unida, amorosa y respetuosa, con unos padres ejemplares que con su amor me impulsaban a dar lo mejor de mí y a soñar en grande, unos padres que eran el ejemplo vivo de los valores y la bondad y una hermanita cariñosa, una bendición, mi mejor amiga. Nadie, jamás, podría quitarme lo que ya había vivido. Nadie podía quitarme ese regalo tan grande. 
Por eso sentía que no podía odiarlos,  por eso los perdoné estando en cautiverio y por eso quiero ayudarles, quiero que sepan que las segundas oportunidades sí existen, y que como yo, hay muchas personas más dispuestas a tenderles una mano para que salgan adelante, para que no vuelvan a hacerle a nadie el daño que nos causaron a muchos. Así fui durante el secuestro y cuando salí también. 
Todos contamos nuestras historias como queremos recordarlas. Por eso la mía generalmente está acompañada por momentos de reflexión e incluso risas, sin embargo hoy, quiero decirles que sufrí lo que espero nunca volver a sufrir, que lloré mis lágrimas no solo por mí sino por toda mi familia, que conocí de cerca el sufrimiento que causa la pobreza, el maltrato y la falta de amor. Me di golpes de pecho, muchos, muchos, por no haberme dado cuenta antes de la inmensa bendición que era tener una familia tan linda y amorosa con la que había vivido 11 años y no me había percatado de lo extraordinaria que era y de la gran fortuna que tenía de ser parte de ella. 
Hoy le doy gracias a Dios todos los días de mi vida por darme una segunda oportunidad. Todos los días  le pido a Dios por que no haya ningún secuestrado más. 
Quiero dedicar cada segundo que me queda a dar lo mejor de mí, como miembro de familia, como ser humano y como colombiana. Sueño algún día vivir en un país distinto al que me tocó, sueño que en el campo los niños y la niñas estudien, corran con tranquilidad y se alimenten bien, sueño con padres comprensivos y pacientes, padres que sean siempre un oasis para sus hijos, sueño con un país donde los niños vayan tranquilos al colegio y donde los niños regresen del colegio, sueño con que algún día solo robemos besos, con que las peleas sean solo de almohadas, sueño con que haya oportunidades para todos y donde haya justicia.
Hoy puedo soñar porque soy libre, porque estoy viva. Sólo espero que la vida de los colombianos nunca vuelva a ser administrada por otros. Solo espero que en este país algún día tengamos paz.  
Todos y todas tendremos que unirnos y que aceptar nuestras diferencias para aprovechar esta oportunidad única de hacer de Colombia el país que todos hemos soñado. Prometo trabajar hasta mis últimos días por lograrlo. Admiro a cada una de las víctimas y a sus familias que a diario ponen su granito de arena, son para mí un ejemplo y un motor para seguir adelante! 
Feliz Día Internacional de la PAZ 
Con cariño, 
Laura Ulloa González"

Por qué amamos a perros y gatos y nos comemos a vacas, cerdos y pollos?

Estás en el sofá. Tu perro o tu gato se acerca a ti, se para, te mira y tú le devuelves la mirada. Observas sus ojos, su mirada te cautiva: sabes que tras ella hay alguien que te quiere y a quien quieres.
No podrías soportar ver sufrir a tu perro o a tu gato. Pero, ¿sabes qué? Hay quienes solo verían en ellos comida. Los matarían y se los comerían.
Seguro que la sola idea te repugna y te indigna. ¿Cómo podría alguien comerse a un perro o a un gato? ¿Es que no ven sus miradas?, ¿no saben que tras ellas hay alguien a quien querer y que nos quiere?
Hasta aquí todo normal. Lo tenemos claro: nuestros perros y gatos son nuestra familia y les queremos. Ellos no son comida: son nuestros amigos.
Pero la cosa se complica: ¿sabías que los cerdos son animales con mayor inteligencia que perros y gatos?, ¿que, de hecho, su inteligencia es comparable a la de delfines y chimpancés?
¿Sabías que los pollitos empiezan a comunicarse con su madre incluso antes de salir del huevo y que pasan los primeros días de vida emitiendo un característico piar para que su madre sepa dónde están en todo momento?
¿Sabías que las vacas pasan días enteros mugiendo, desgarradas por el dolor de ser separadas de sus hijos, los terneros y terneras que nos abastecen de carne? ¿Y que eso les sucede una vez tras otra, en cada parto, tras ser inseminadas artificialmente una y otra vez?
¿No son todos estos rasgos de los animales de granja muestra de que también hay alguien tras sus miradas? Si vivieran con nosotros y fueran ellos los que se aproximaran y nos miraran, ¿nos los comeríamos igualmente?
¿Son comida los perros y gatos? ¿Lo son las vacas, cerdos y pollos?¿Que sentiría alguien que conviviese con un cerdito como mascota si nos lo comiéramos?
Y la pregunta más importante de todas: en un mundo en el que podemos alimentarnos perfectamente sin dañar a los animales, ¿por qué elegir comérnoslos?
Algo no encaja en nuestra manera de ver a unos y otros animales. Muy dentro de nosotros, en un lugar entre nuestro cerebro y nuestro corazónel interruptor de la empatía hacia los animales de granja permanece oculto. Las luces de la publicidad de la cruel industria cárnica mantienen distraída nuestra capacidad de ponernos en su lugar.

Mientras, en un infernal e inhumano matadero, cerca, muy cerca de nosotros, un animal espera su turno en la fila, camino del matarife. Sus preciosos ojos observan aterrados alrededor, pero no tiene escapatoria.
A menos que nosotros decidamos hacer algo por él y por todos los que vendrán después.
¿Lo haremos?
Si quieres dar los primeros pasos hacia una alimentación que tenga en cuenta a los animales de granja visita las fantásticas websites Gastronomía Vegana y Danza de Fogones donde encontrarás información y recetas para ayudarte a dar el paso.

EL ARTE DE NO NECESITAR BUSCAR FUERA DE TÍ




Buscar fuera de ti ese algo que te haga feliz, es como recorrer mil mundos para encontrar lo que ya está dentro de ti. No reconocer la profundidad que ya te habita. Alejándote sutilmente de la abundancia y la presencia que ya eres.
Hoy quiero que recorramos juntos este oasis interior. El diamante de este instante. La paz que todo nutre. Hoy no hay nada que ser o encontrar, solo un tesoro que disfrutar.
Vivir en el oasis de estar vivo
Estoy en el paraíso… y no me doy cuenta. Creo estar perdido en un pasadizo oscuro. Y busco un lugar tranquilo donde vivir… sin darme cuenta de que ya existe este lugar maravilloso llamado vida.
Respiro y siento. Mi atención me ubica. No hay necesidad de buscar nada, solo el reconocimiento de lo que ya es y lo que ya está aquí. Sencillamente. Vivir en el oasis de estar vivo.
Este oasis es rico y nutritivo. Es un regalo inmenso. En el privilegio de habitarme.
Sin embargo, yo aparto la mirada y miro lejos, hacia este espejismo que me seduce, hacia este lugar que no existe más que en mi imaginación. Y entonces simplemente el oasis desaparece de mi vista… hasta que la búsqueda vuelve a relajarse y se hace evidente este hogar del que jamas me he ausentado.
Este instante es precioso
Este momento es precioso… y no me doy cuenta. Creo estar en un tiempo dañino, en un periodo en mi vida que no me sirve. Y busco un tiempo mejor… sin darme cuenta de tanta presencia regalada en este instante.
Respiro y siento. Mi atención me centra. No hay necesidad de que llegue otro momento, solo reconocer esta vida en este pequeño lapso de tiempo inmenso. Fluidamente. Vivir este tiempo que es ahora.
Este instante lo llena todo. Está vivo y recoge acogedoramente mi ser. Todo se calma y se llena de textura. En la lentitud se manifiesta como descanso y puro gozo.
Aunque mi mente tiene tendencia a descentrar su mirada de este instante. Y siento este negro rencor hacia lo que la vida me trae ahora. Entonces me engaño pensando que la presencia se ha alejado de mi… aunque sin duda aquí está, y sigue alumbrando ahora y siempre.
Estoy ya en paz
Estoy en paz… y no me doy cuenta. Creo estar en guerra contra todos y contra mí mismo. Y busco resolver mis conflictos y encontrar algo de calma… sin darme cuenta de que mi naturaleza es pura paz.
Respiro y me siento. Soltando mi mirar lejos, es cuando emerge la atención a la intensidad en mi cuerpo. No hay nada que pueda hacer para encontrar la paz. Felizmente. Ya soy paz y me manifiesto con pura pasión y amor.
Esta paz que soy lo impregna todo. No hay lugar o tiempo en que no esté. Descanso en él y desde este fondo de paz vivo todas mis batallas personales.
A pesar de ello, me creo no merecedor de esta paz. Y en mi imaginación me alejo de ella… y me engaño con la idea de que ya no está. Nada más lejos de la realidad. Aún en el mayor de los infortunios, la paz vive y florece sin pausa.
Y el silencio que no necesita buscar fuera de ti
El ruido de mi mente y mi imaginación llena de expectativas me confunden con frecuencia. Es parte de mi condición humana. Y puedo entrenarme en este arte de volver a casa, de centrarme, de atenderme en la paz y la presencia que me habita. El arte sutil de no necesitar buscar fuera de ti.
Después de todo, el parar y el silencio son la puerta. Una puerta que no lleva a ninguna parte, ya que todo ya está aquí. El silencio simplemente es vivir aquí y ahora lo que ya somos. Acogernos en toda nuestra locura y autoengaños, con la certeza de que el amor silencioso todo lo soporta.

HACER MENBRILLO

La elaboración de la carne del membrillo no es complicada aunque si lleva algo de tiempo y es algo engorrosa pero el resultado merece la pena.
Para empezar hay que lavar bien los membrillos y ponerlos en una olla grande que cubriremos con agua y llevamos a ebullición. En ese momento, bajamos a fuego medio y dejamos cociendo unos 45 min. Una vez cocidos y retirados del fuego hay que pelarlos (quitando el corazón) y cortarlos en trozos. Para saber la cantidad de azúcar que necesitamos hay que pesar el membrillo. De su peso deberemos utilizar el 80 por ciento en azúcar. Así que si pesan 850 gr se empleará 680 gr de azúcar para hacer la carne de membrillo.
Con los dos ingredientes -membrillo y azúcar- ya listos se vuelve a poner todo en una cazuela grande. Se remueve unos 10 minutos hasta que el azúcar se integre con la fruta. A continuación pasar por la batidora -sin sacar de la cazuela- y seguir cocinando hasta que la pulpa espese y se oscurezca. Cuando la cuchara se mantenga clavada en el membrillo el postre estará listo. Poner en un recipiente y dejar en el frigorífico unas 24 horas para que tenga la consistencia y textura adecuada.

Isabel Allende y su experiencia con la Abuena Ayahuasca

BUSCANDO RECUPERAR SU IMAGINACIÓN Y ENCONTRANDO CASI UNA INICIACIÓN MÍSTICA

La escritora Isabel Allende, conocida por su potente imaginación, narra en su libro autobiográfico La suma de los días su experiencia con la ayahuasca. La escritora chilena acudió en busca de este poderoso brebaje amazónico aparentemente en un periodo de “bloqueo de escritor”, con la intención de reconectar con sus raíces y volver a beber de la pócima rutilante de sí misma:

Necesitaba volver a ser la niña que fui una vez, esa niña silenciosa, torturada por su propia imaginación, que deambulaba como una sombra en la casa del abuelo. Debía demoler mis defensas racionales y abrir la mente y el corazón. Y para ello decidí someterme a la experiencia chamánica de la ayahuasca, un brebaje preparado con la planta trepadora Banisteriopsis, que usan los indios del Amazonas para producir visiones.

Willie [el marido de Isabel Allende] no quiso que me arriesgara sola y, como en tantas ocasiones de nuestra vida en común, me acompañó a ciegas. Bebimos un té oscuro de sabor repugnante, apenas 1/3 de taza, pero tan amargo y fétido que era casi imposible de tragar. Tal vez yo tengo una falla en la corteza cerebral –bien que mal siempre ando un poco volada, porque la ayahuasca, que a otros les da un empujón hacia el mundo de los espíritus, a mí me lanzó de una sola patada tan lejos que no regresé hasta un par de días más tarde. A los 15 minutos de haberla tomado, me falló el equilibrio y me acomodé en el suelo, de donde ya no pude moverme. Me dio pánico y llamé a Willie, quien logró arrastrarse a mi lado, y me aferré a su mano como a un salvavidas en la peor tormenta imaginable. No podía hablar ni abrir los ojos. Me perdí en un torbellino de figuras geométricas y colores brillantes que al principio resultaron fascinantes y después agobiadores. Sentí que me desprendía del cuerpo, el corazón me estallaba y me sumía en una terrible angustia. Volví entonces a ser la niña atrapada entre los demonios de los espejos y las ánimas de las cortinas.

Es una delicia poder tener esta descripción tan elocuente y profusa de la ayahuasca, que si bien a casi todos da una lucidez inusitada, lo que “llaman hablar con el corazón”, en Allende encuentra a una experta narradora que trabaja el lenguaje como si fuera un racimo de zafiro, jade, amatista… Vemos en su descripción el arquetípico encuentro con la sombra, la muerte, el inframundo, lo que se conoce como la catábasis, en el momento en el que la primera seducción del caleidoscópico DMT cae en el abismo de la liana:

Al poco rato se esfumaron los colores y apareció la piedra negra que yacía casi olvidada en mi pecho, amenazante como algunas montañas de Bolivia. Supe que debía quitarla de mi camino o moriría. Traté de treparla y era resbalosa, quise darle la vuelta y era inmensa, empezaba a arrancarle pedazos y la tarea no tenía fin y mientras crecía mi certeza de que la roca contenía toda la maldad del mundo, estaba llena de demonios. No sé cuánto rato estuve así; en ese estado el tiempo no tiene nada que ver con el tiempo de los relojes. De pronto sentí un golpe eléctrico de energía, di una patada formidable en el suelo y me elevé por encima de la roca. Volví por un momento al cuerpo; doblada de asco, busqué a tientas el balde que había dejado a mano y vomité bilis. Náusea, sed, arena en la boca, parálisis. Percibí, o comprendí, lo que decía mi abuela: el espacio está lleno de presencias y todo sucede simultáneamente. Eran imágenes sobrepuestas y transparentes, como esas láminas impresas en hojas de acetato en los libros de ciencia. […]

[…] Anduve vagando por jardines donde crecían plantas amenazantes de hojas carnosas, grandes hongos que sudaban veneno, flores malvadas. Vi a una niña de unos 4 años, encogida, aterrada; estiré la mano para levantarla y era yo. Diferentes épocas y personas pasaban de una lámina a otra. Me encontré conmigo en distintos momentos y en otras vidas. Conocí a una vieja de pelo gris, diminuta, pero erguida y con ojos refulgentes; podría haber sido también yo en unos años más, pero no estoy segura, porque la anciana se hallaba en medio de una confusa multitud.

Otro motivo recurrente: la anamnesis, la memoria del alma que integra su multiplicidad, su río de sangre, su “casa de espíritus” que yace enterrada en el inconsciente. Esa memoria divina de la tierra y de las estrellas que llevó a Platón a decir que todo aprendizaje es sólo recuerdo. Y en la ayahuasca es parte de ese proceso de paz, de perdón y de liberación que el ser humano debe lograr para poder dejar su casa sosegada y emprender el vuelo espiritual. El viaje de ayahuasca, como una cifra misteriosa en la medicina, como un microcosmos de la creación, repite el viaje del alma hacia el mundo de la generación, la separación de la divinidad, su olvido, pero luego siempre su anábasis, el ascenso de nuevo por las esferas luminosas hacia el  Ser Infinito, la fusión con la divinidad, la cual es conseguida a través de la muerte en este plano, que es siempre una vida desplegada del otro lado, una crisálida.

Pronto ese poblado universo se esfumó y entré en un espacio blanco y silencioso. Flotaba en el aire, era un águila con sus grandes alas abiertas, sostenida por la brisa, viendo el mundo desde arriba, libre, poderosa, solitaria, fuerte, indiferente. Allí estuvo ese gran pájaro durante mucho tiempo y enseguida subió a otro lugar, aún más glorioso, en que desapareció la forma y no había sino espíritu. Se acabaron el águila, los recuerdos y sentimientos; no había yo, me disolví en el silencio. Si hubiese tenido la menor conciencia o deseo, te habría buscado, Paula. Mucho más tarde vi un círculo pequeño, como una moneda de plata, y hacia allá enfilé como una flecha, atravesé el hueco y entré sin esfuerzo en un vacío absoluto, un gris translúcido y profundo. No había sensación, espíritu, ni la menor conciencia individual; sin embargo sentía una presencia divina y absoluta.

Estaba en el interior de la Diosa. Era la muerte o la gloria de la que hablan los profetas. Si así es morir, estás en una dimensión inalcanzable y es absurdo imaginar que me acompañas en la vida cotidiana o me ayudas en mis tareas, ambiciones, miedos y vanidades.

Mil años más tarde regresé, como una extenuada peregrina, a la realidad conocida por el mismo camino que había recorrido para irme, pero a la inversa: atravesé la pequeña luna de plata, floté en el espacio del águila, bajé al cielo blanco, me hundí en imágenes psicodélicas y por fin entré a mi pobre cuerpo, que llevaba 2 días muy enfermo, atendido por Willie, quien ya empezaba a creer que había perdido a su mujer en el mundo de los espíritus. En su experiencia con la ayahuasca, Willie no ascendió a la gloria ni entró en la muerte, se quedó trancado en un purgatorio burocrático, moviendo papeles, hasta que se le pasó el efecto de la droga unas horas más tarde. Entretanto yo estuve tirada en el suelo, donde después él me acomodó con almohadas y frazadas, tiritando, mascullando incoherencias y vomitando a menudo una espuma cada vez más blanca. Al principio estaba agitada, pero después quedé relajada e inmóvil, no parecía sufrir, dice Willie.

Por último ocurre el proceso de asimilación, de reintegración, de poderse llevar las joyas de la profundidad de la tierra, de cumplir el arco de la visión, de hacer de la voluntad divina camino individual. La posibilidad de transformación que se esclarece a partir de observar la eternidad, lo que es inmutable, de comprender la realidad suprema del espíritu y confiar en la unidad que acoge a todos los seres.

El tercer día, ya consciente, lo pasé tendida en mi cama reviviendo cada instante de aquel extraordinario viaje. Sabía que ya podría escribir la trilogía, porque ante los tropezones de la imaginación tenía el recurso de volver a percibir el universo con la intensidad de la ayahuasca, que es similar a la de mi infancia. La aventura con la droga me embargó de algo que sólo puedo definir como amor, una impresión de unidad: me disolví en lo divino, sentí que no había separación entre mí y el resto de lo que existe, todo era luz y silencio. Quedé con la certeza de que somos espíritus y que lo material es ilusorio, algo que no se puede probar racionalmente, pero que a veces he podido experimentar brevemente en momentos de exaltación ante la naturaleza, de intimidad con alguien amado o de meditación. Acepté que en esta vida humana mi animal totémico es el águila, ese pájaro que en mis visiones flotaba mirando todo desde una gran distancia. Esa distancia es la que me permite contar historias, porque puedo ver los ángulos y horizontes. Parece que nací para contar y contar. Me dolía el cuerpo, pero nunca he estado más lúcida. De todas las aventuras de mi agitada existencia, la única que puede compararse a esta visita a la dimensión de los chamanes fue tu muerte, hija. En ambas ocasiones sucedió algo inexplicable y profundo, que me transformó. Nunca volví a ser la misma después de tu última noche y de beber aquella poderosa poción: perdí el miedo a la muerte y experimenté la eternidad del espíritu.

jueves, 22 de septiembre de 2016

El equinocio de otono nos sirva para meditar sobre la fiesta que es la muerte.

Por Alejandro Martinez Gallardo.
Otoño es la fiesta de la muerte. En invierno los pueblos antiguos, más atentos a la naturaleza, celebraron el renacimiento de la luz, la fiesta del Sol Invicto y no por casualidad también el nacimiento de Cristo en una fecha claramente vinculada con el solsticio de invierno. Es en otoño donde realmente se inicia la muerte cíclica de la naturaleza. Como la caída de las hojas y los colores ocres y pálidos de los árboles, la luz se extingue, el día se acorta, la energía se reduce. Es el momento de prepararse para el declive y la carencia con la provisión del recogimiento y la conservación.

Este 22 de septiembre se celebra en el hemisferio norte el equinoccio de otoño, el día en el que el Sol ingresa a la constelación de Libra de manera altamente simbólica, ya que en el equinoccio el día y la noche duran casi exactamente lo mismo (salvo en los polos) mostrando el equilibrio de la luz y la oscuridad (Libra es representado como una balanza). A partir de este día, y hasta el equinoccio de primavera, las noches serán más largas que los días.

El sentido esencial con el que los antiguos entendieron los equinoccios y los solsticios fue como los grandes marcadores de los ritmos cósmicos en la Tierra, relojes de luz y sombra que marcaban una tendencia que hace manifiestos los diferentes arquetipos que in-forman nuestra existencia. Creyeron que regirse por y ordenar su vida en torno a estos ritmos energéticos era la mejor forma de asegurar su salud y prosperidad. El médico suizo Paracelso, quien viajó durante la época del Renacimiento por diferentes países de Europa y Asia Menor recuperando las tradiciones locales, escribió que la verdadera maestra de medicina es la naturaleza, una medicina que es en realidad una filosofía de vida. En el simbolismo de los solsticios y los equinoccios se revela esa filosofía natural que permite vivir en armonía.

Dicho lo anterior esta fecha es una excelente oportunidad para practicar el arte de la meditación de la muerte, una práctica que es la base de la filosofía occidental y oriental. Sócrates enseñó que la filosofía era esencialmente un entrenamiento para la muerte, la estación en la que se cosecha el alma. El budismo, por su parte, mantiene como uno de los cuatro pensamientos que llevan al Dharma, la meditación sobre la propia muerte o sobre la impermanencia. Escribió el gran maestro tibetano Jamgon Kongtrul:

Nunca ha habido una persona que no haya muerto.
La vida y el aliento son como el rayo y el rocío.
Ni siquiera es seguro cual vendrá antes.
Mañana o el siguiente mundo.

Si sólo pienso en el dharma pero no lo practico,
los demonios de la distracción y la pereza me aplastarán.
Ya que me iré de este mundo desnudo y sin posesiones
debo practicar el supremo dharma sin retraso

En realidad deberíamos meditar todos los días sobre la muerte, tenerla en nuestro pensamiento, como la principal motivación para hacer lo necesario y evitar desperdiciar lo que el budismo llama "la preciosa vida humana". Pero debido a nuestros hábitos de distracción y a nuestras vidas colmadas de entretenimiento y hedonismo, es probable que pocos lo hagamos. Este otoño puede ser un buen momento para incorporar esta práctica a nuestras vidas, que cada hoja que veamos en el suelo, que cada día más corto, que cada ocaso nos recuerde la irreversibilidad de la llegada de la muerte. Y que la muerte nos encuentre listos, y entonces realmente la muerte será una fiesta, la fiesta insuperable de la conciencia despierta.

Decía Charles Bukowski, el legendario poeta y novelista :

Charles Bukowski, el legendario poeta y novelista, sabía una cosa o dos acerca de como vivir al máximo
Ámate a ti mismo. – “Nunca conocí a otra persona con la que preferiría estar.”
No se trata de tener una personalidad narcisista, se trata de tener confianza en tu propia piel.
No tengas miedo al dolor, sin el, no podrás experimentar la felicidad. – “Tienes que morir unas cuantas veces antes de que realmente puedas vivir.”
Sentir tristeza, ansiedad o dolor es de lo peor, pero a veces las malas experiencias te hacen apreciar los buenos momentos mucho más.
Se tu propio ser, se único y exprésalo descaradamente en todo lo que haces. – “Es mejor hacer una cosa aburrida con estilo que una cosa peligrosa sin él.”
Se tu mismo y que no te importe lo que los demás puedan pensar.
Hay cosas mucho peores que la soledad. – “Hay cosas peores que estar solo pero a menudo toma décadas para que nos demos cuenta de esto y más a menudo cuando lo hacemos es demasiado tarde y no hay nada peor que demasiado tarde.”
Aprende a disfrutar y apreciar el tiempo que tienes para ti mismo. Estar con los amigos y parejas puede ser un momento excelente, pero los hobbies y la curiosidad por el aprendizaje pueden hacer que estar solo sea muy agradable.
No temas a la muerte. – “Yo llevo la muerte en mi bolsillo izquierdo. A veces la saco y hablo con ella: “Hola, cariño, ¿cómo estás? Cuando vengas por mí? Voy a estar listo “
Sé prudente, sano, inteligente con todo lo que haces, pero no hay necesidad de temer a la muerte. Le pasa a todo el mundo.