LA MEDICINA DE LA TORTUGA
La tortuga no tiene prisa.
Y quizá por eso puede enseñarnos algo que hemos olvidado.
Vivimos intentando llegar.
Resolver.
Producir.
Salir rápido de aquello que incomoda.
La tortuga hace otra cosa.
Avanza llevando su casa consigo.
No necesita abandonar su centro para continuar el camino.
Y cuando algo afuera se vuelve demasiado, sabe recogerse.
No para desaparecer.
Sino para proteger lo que todavía necesita tiempo.
Ahí comienza su medicina.
Porque retirarse no siempre es huir.
A veces es impedir que el ruido de afuera destruya algo que todavía está naciendo dentro.
Hay espacios ceremoniales que nos recuerdan algo parecido.
Espacios bajos.
Oscuros.
Cercanos a la Tierra.
Espacios donde el cuerpo tiene que bajar.
Y cuando el cuerpo baja, algo dentro también comienza a hacerlo.
Adentro no hay demasiado lugar para correr.
Ni para aparentar.
Solo calor.
Piedra.
Agua.
Respiración.
Oscuridad.
Y tiempo.
La tortuga conoce eso.
Su caparazón no es solamente protección.
Es límite.
Es casa.
Es contención.
Y también es una pregunta:
¿puedes permanecer contigo cuando ya no tienes hacia dónde correr?
Porque no todo proceso necesita velocidad.
Una herida no sana porque la apresures.
Una decisión no se vuelve correcta porque la tomes antes.
Una enseñanza no se integra solamente porque ya la entendiste.
Hay cosas que necesitan permanecer un tiempo en la oscuridad antes de poder salir al mundo.
La tortuga carga su casa.
Carga su historia.
Carga su protección.
Pero no confunde cargar con arrastrarse.
Camina a su ritmo.
Y quizá esa sea una de sus enseñanzas más difíciles:
no dejar que la velocidad de otros decida la velocidad de nuestra vida.
La medicina de la tortuga no dice:
“Quédate escondido.”
Dice:
“Aprende dónde está tu casa para que puedas salir sin perderte.”
Porque cuando sabes regresar a ti, puedes caminar muy lejos.
La tortuga no te enseña a llegar despacio.
Te enseña a no abandonarte por llegar antes.
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