Hace cinco días, hubiera sido el cumpleaños de Eva.
Hoy honró su memoria con este pasaje.
Su cabello, casi rizado, casi lacio, le caía hasta los hombros, quizá un poco más abajo. Era gris, lleno de canas. Sin embargo, no tenía el aire de una abuela. A sus setenta y dos años, en ella convivían muchas edades a la vez: era una niña que aún se maravillaba con el mundo, una mujer madura que había atravesado grandes dolores y también una joven con enormes ganas de vivir y de amar, como si la vida todavía estuviera comenzando.
Aquel día —el primero— me observó como suelen observarse dos mujeres que todavía no saben si serán rivales o aliadas: de arriba abajo.
—Soy Yamile —le dije—, pero puedes decirme Mile.
Ella, casi sin tomar en cuenta aquello, respondió:
—Está bien, quédate.
La casa era muy parecida a la mía, solo que por unas ventanas altas, casi pegadas al techo, entraba la luz del día con una claridad intensa. Aunque había sido modificada, como la mía, todavía conservaba algo de su estructura original.
En el centro de todo había una mesa de madera. Sobre ella se amontonaban varias salsas, una charola con apenas unas cuantas frutas y algunos enseres de cocina.
El patio de su casa era enorme. En el crecían árboles frutales y muchas plantas. Aunque el lugar parecía casi abandonado, el papayo seguía dando sus frutos, y de las enredaderas colgaban grandes calabazas, de esas que uno imagina en las decoraciones de Halloween.
En un espacio así yo podría haber tenido flores, sembradíos y un montón de animales si hubiera querido montar una pequeña granja. Pero Eva no.
Eva tenía apenas un aguacate que, hasta el día de hoy, nunca dio fruto; un papayo generoso que regalaba papayitas deliciosas; algunas calabazas, zarzamoras, acelgas y una buganvilia que, para su mala suerte, no era del color que a ella le gustaba.
Libres en el poco pasto que había en ese jardín, correteaban un montonal de cuyos, como pollos, cuatro gatos y un conejo. Ninguno tenía un nombre en concreto, ninguno más que Tonkí, un hermoso gato tipo siamés, pero más oscuro. Eva me contó que se llamaba Tonki porque era de la raza tonkinés. Su pelaje brillante y sus ojos atentos parecían observar cada gesto, como si comprendiera más de lo que cualquiera podría imaginar, y se movía con la seguridad de quien sabe que es especial, dueño silencioso de aquel pequeño reino.
Entramos a la casa. Hacía un calor intenso y me ofreció un vaso de agua; lo acepté. Los pisos duros y frescos bajo los pies. Comencé con las preguntas de siempre:
—¿Quién eres?
—¿Qué haces?
—¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?
—¿Qué te gustaría hacer?
Algo en su pasado nos unió desde el primer instante, como si nuestras historias hubieran esperado encontrarse. Su padre fue actor, casi en la misma época en que mi abuelo, también actor, empezaba a alejarse de los escenarios, dejando detrás ecos de aplausos y memorias compartidas.
Y cuando ella hablaba de sus recuerdos y de su vida, se encendía de tal manera que, por un momento, me sentía transportada allí mismo, dentro de su memoria, viviendo junto a Eva cada instante que contaba.
Para aquella época, yo había perdido a mi madre casi seis años atrás, y, apenas unos meses antes, a mi tía; pérdidas que todavía pesan y que, hasta hoy, me cuesta atravesar. Pensar en acompañarla por un tiempo me resultaba complicado: sabía que no debía formar un lazo más allá de lo necesario. Y, sin embargo, ella tenía algo de mi madre, algo de mí… y, al mismo tiempo, nada de lo que esperaba encontrar.
Eva. Un nombre que en la Biblia evoca a la primera mujer creada por Dios, aunque antes de ella existió Lilith; ambas rechazadas, ambas distintas a lo que se esperaba de ellas. Ese nombre ya llevaba consigo fuerza, desafío, y tal vez un peso que no cualquiera podría sostener.
Mi Eva —no la de la historia sagrada— había perdido a su madre siendo apenas una niña de tres años. Creció bajo la mirada de su padre, actor de cine, teatro y doblaje, que se esforzaba cada día para darles a ella y a su hermana mayor, Frida, una vida digna, aunque marcada por la ausencia y la perseverancia.
—Yo tenía apenas tres años cuando mi madre murió… —decía—. No entendía qué había pasado; apenas comenzaba a caminar. Recuerdo que aquel día llegó el doctor de la familia y, al mirarme, dijo: “Abrácenla y quiéranla mucho, porque lo que está pasando no será fácil para ella”. Y por un instante, me quedé quieta, sin dar un paso.
En aquellas primeras veces, ella contaba su historia como si quisiera que la grabara en mi cabeza y en mi alma al mismo tiempo. Yo no podía comprender lo que significaba perder a una madre tan temprano, pero algo me decía que debía haber sido muy difícil para ella. Ahora lo sé: yo, que perdí a la mía a los 46 años, y aun así, a seis años de esa perdida, ya comenzaba a entender la pena y la ausencia… Aquella historia de cómo murió su madre revelaba, día tras día, detalles que explicaban quién era ella y cómo se había forjado a lo largo de 72 años.
Comenzamos con reuniones de tres días a la semana. Al principio, yo llevaba conmigo todas las herramientas que conocía para atravesar cada encuentro, para permanecer allí sin perderme, para escuchar y entender, aunque el dolor y la curiosidad se mezclaran en un mismo latido.
El diagnóstico era claro: deterioro de la memoria, lo que llaman demencia senil, y un cáncer recién operado que ella no aceptó tratar con quimioterapia ni ningún otro procedimiento.
Sin embargo, muchas veces olvidar lo cotidiano, lo inmediato, puede ser una bendición: permite seguir viviendo con alegría y plenitud. Eva recordaba su infancia y juventud, aquellos momentos de felicidad absoluta y también los que la hicieron sentirse, como decía ella, “de la chingada”.
Creció rodeada de amor abundante, de mujeres que la protegían, la amaban y la guiaban: su tía Lolita; Queta, la hermana de su padre, y su abuela paterna, a quien su madre le había encomendado. Pareciera que nunca le faltó el amor materno; sin embargo, nadie puede llenar ese vacío, sin importar la edad a la que nuestra madre nos deje este plano.
Eva solía decirme:
—Si mi madre hubiera estado en ese momento, en ese instante, en esa situación…
Conoció y se relacionó bien con su familia materna, originaria de Chihuahua, gracias a su tía Lola, hermana de su mamá, que cada diciembre la llevaba a aquellas tierras para convivir con ellos. Me contó que los viajes en tren eran una aventura en sí mismos: el traqueteo de las vías, los paisajes que pasaban como cuadros cambiantes, los aromas de los pueblos y del campo, y la emoción de comer hotcakes bañados en miel y mantequilla, pollos rostizados y chucherías que su tía les compraba en el camino.
Imagino que viajar así, en aquellos años, debía sentirse como estar suspendida entre mundos: el de la infancia y la libertad, y el de la familia que la esperaba, numerosa y amorosa, con brazos abiertos y risas que la envolvían.
Toqué la puerta, como cada lunes, puntual a las doce del día. Su hija menor, Ann, me abrió y me advirtió que Eva no se encontraba bien. Habían tenido una pequeña discusión.
Entré hasta la zotehuela de la casa. Allí estaba Eva, lavando un neceser con una furia que parecía brotar de años acumulados. Lo primero que me dijo fue que no tenía ganas de ver a nadie, de hacer nada, de decir nada. Y mientras decía esas palabras, su voz crecía, se quebraba, y algo en ella cambiaba, como si de pronto se vaciara un saco de recuerdos y resentimientos.
Eva siempre había sido así: capaz de mostrar sus dolores más profundos con lágrimas en los ojos y, de pronto, encontrar en ellos una reflexión, un respiro, una catarsis que terminaba en risas.
Yo la dejé hablar, despotricar, incluso llorar.
—Me quiero morir. Ya estoy cansada de tener diabetes desde hace más de cuarenta años, de estar en esta casa, de ver a ese zángano que solo viene a amargarme el día.
¿Cuántas veces en mi vida me había sentido tan frustrada como para decir “ya basta, quiero que esto acabe”? Busqué muchas salidas y, finalmente, comprendí que no era mi tiempo. Sola, sin alguien que quizá comprendiera mi dolor, tuve que hacerme fuerte y seguir adelante.
Con lágrimas en los ojos, Eva me confesó que todos la ignoraban, que se sentía sola, abandonada, desesperada… La abracé y, suavemente al oído, le dije: “Sácalo, Eva. Llora, grita, descarga… pero respira. Aquí estoy.”
Cada día era un reto enorme: hablar de un cáncer que ella ya había olvidado, explicarle un diagnóstico día con día; hablar de una diabetes que ya controlaba a la perfección; recordar a su madre ausente; a un hijo que perdió; los raspados con jarritos para curar la cruda de su papá; recorrer las calles de su infancia, la casa de los tíos, y cómo aprendió a caminar gracias a su primo… por segunda vez.
Mientras tanto, repasábamos las tres primeras figuras que le había enseñado al llegar, o aquellas palabras que preguntaba al azar de vez en cuando, o armábamos un rompecabezas, o pintábamos un mandala.
Un día, cansada de seguir las órdenes de su hija menor, decidió salir a caminar como tantas veces antes. Nos sentamos en una banca frente a la rectoría de la iglesia, hablando de hombres, de cosas de mujeres, intercambiando experiencias entre risas picarescas. Ese día me dijo que quería hacer algo diferente. Mi cabeza empezó a girar, y mis pensamientos volaron hasta los últimos días de mi madre.
En aquella ocasión, el médico nos había dicho que no le quedaba mucho tiempo. Instintivamente, supe que debía darle los mejores momentos, lo mejor de mí, todo aquello que ella quisiera. Era el camino final.
Así que compré un micrófono, y decidimos hacer aquello que, de vez en cuando, habíamos hecho, pero esta vez bien y en forma: karokear.
Dejé de lado los ejercicios físicos, mentales y todo aquello que tenía que ver con la terapia. Me hice su cómplice.
Ser humano es difícil. Cada quien crece y recibe lo que quienes nos aman saben darnos, pero pocos comprenden lo que sentimos, lo que necesitamos y lo que deseamos.
Aquella “terapia” se convirtió en complicidad. Eva se volvió una amiga entrañable, una parte de mí, una maestra, una bruja que escuchaba y daba su mejor remedio. Mi cómplice, mi parte esencial de la familia, aquella que escogemos.
¿Cómo puedo recordar a Eva?
Un remolino de emociones que siempre terminaba entre carcajadas y grandes lecciones de vida.
Aquella mañana llegué a su casa. En mi mochila llevaba las cartas de memoria, las de creación de cuentos, un par de ligas para ejercitar y tres imágenes para la memoria. Toqué la puerta, entré. Eva cocinaba huevos con chorizo para sus nietos, mientras sonaban los Beatles en Google, la bocina inteligente. Ella bailaba y cantaba feliz.
Nos fuimos a su cuarto, siempre impecable, y en su tocador noté una foto de una niña pequeña.
—Eva, ¿eres tú? —pregunté, sorprendida.
Ella me contó que la foto había sido tomada cuando su madre había muerto. La imagen mostraba a una niña vestida con un lindo vestido blanco. Claro, era en blanco y negro. Dos colitas, cabello rizado y corto, con un gesto ausente y mirada triste. La miré durante una eternidad, luego la abracé y le dije:
—Mi niña hermosa… cuánto te quiero.
Ese día había recuperado las fotos que contaban su vida, desde su juventud hasta el presente: de aquella pequeña casa que, con su trabajo en la UNAM, había logrado construir. Sin carrera, sin conocimientos previos, había conseguido lo que muchos aún no logramos.
No sé cuántas veces repasamos sus fotos: la tía Queta, Lola, su hermana Frida, sus hijas jóvenes y embarazadas, sus nietos pequeños, sus amigos…
—Quiero volver a ver a mis hijas juntas, viajar al extranjero, salir de la rutina —me dijo, decidida.
Yo, que he pasado por situaciones difíciles, sé que muchas veces los hijos se separan y que conciliar es complicado, así que le respondí: “Disfruta de tus hijas, aunque no las veas unidas. Quizá el día menos pensado ellas estarán ahí para ti.”
Al poco tiempo, tenía un viaje en puerta. Su emoción crecía; ya se veía viajando con la mayor de sus hijas, Isadora. Sabía qué debía llevar: dinero, ropa, equipaje… pero nada del pinche celular.
La tecnología era algo que no quería adoptar, no porque le resultara difícil, sino porque pensaba que una llamada por teléfono análogo siempre sería mejor que un mensaje de WhatsApp.
Intenté mil y un veces introducirla en la modernidad: tres o cuatro publicaciones en mi Facebook, un mensaje a su hermano el día de su cumpleaños… y nada más. Odiaba el celular, todo lo que tuviera que ver con él y esa comunicación fría, impersonal y ambigua. Cuánta razón tenía mi Eva. Si quería saber de mí, o yo de ella, no había otra manera que tocar la puerta y esperar la suerte de encontrarnos en casa, para vernos con una alegría enorme, como si hubiera pasado un siglo sin vernos.
Hace aproximadamente doce años llegué a la Unidad Modelo. Yunuhe, una amiga de hace muchos años y oriunda de esta colonia, me enseñó los callejones básicos. Salía poco, recorría poco estas calles, hasta que conocí a Eva.
Ella me mostró callejones que desconocía: donde había vivido su tío Paco, donde florecían rosas de colores insólitos, las buganvilias que tanto le gustaban, y la casa de su gata Freya, que la había abandonado al ver que había demasiados gatos en la colonia. Cada vez que paseábamos por ese callejón, Freya salía a recibirla, buscando apapachos.
Eva, tan frágil y a la vez tan fuerte, amó con intensidad, fue abandonada, pero jamás se rindió. A sus ya en ese entonces 73 años, todavía deseaba sentir el amor de un hombre, y lo que compartíamos, lo que criticábamos, lo que chismoseábamos e imaginábamos juntas, le llenaba de emoción y compañía.
Su viaje llegó. Se fue a Colombia, y yo sabía que estaría feliz: al fin fuera de este país, junto a su hija, cumpliendo un sueño más… aunque extrañando su cama, sus gatos y a Tonki, que para entonces ya había partido al otro lado del arcoíris.
—Ya le dije a Tonkí que el día que se vaya, me voy con él —me confesó.
A su regreso, me buscó. Yo estaba trabajando, pero me dejó una notita que aún conservo, pegada en la puerta que a grandes rasgos decía: “Quiero verte, aparécete. Te quiere Eva”. Nos reencontramos y hablamos del viaje, que para ella parecía lejano aunque apenas habían pasado unos días. Se sentía cansada y un poco adolorida, cosa que no le dimos importancia. Entre sus relatos y aventuras, salió Tonkí: había muerto unas semanas antes de partir a su viaje. Quedé helada, pero no quise hacer caso de aquella sentencia, advertencia o ultimátum.
Desconectadas casi del todo, fui a visitarla otro día. Toqué, toqué y toqué, pero Eva no salió. Entonces llamé al teléfono analógico… minutos después, ella contestó:
—Eva, estoy afuera. Te traje un regalito, sal…
Casi siempre se paraba en la puerta de la casa, bailaba, cantaba y decía: “¡Ha llegado mi regalo favorito!” Luego salía, bailando y cantando, con una enorme sonrisa en la cara. Abría la puerta, entraba yo, y nos íbamos esquivando los cuyos y las cacas de su xolo, Nahuaní.
Ese día, se tardó en llegar a la puerta. La vi pararse en el quicio con dificultad. Su semblante no mostraba enojo ni un malestar pasajero; era algo más profundo, como un bajón de energía, de fuerza.
Caminó hasta el zaguán con cada paso pidiendo paciencia. En su rostro se veía el cansancio de una batalla bien vivida, librada y peleada. Abrió el candado y alzó los brazos con un gesto entre dolor y angustia.
Nuestro abrazo fue eterno. Me dijo:
—Estoy adolorida… cansada. Pasa.
Yo no quise importunarla. Ella estaba sola; sabía que no se sentía bien y que tendría que recorrer ese corto camino para mí y largo para ella. Extendí mi mano, le di mi regalo y le dije:
—Regresa a la cama, descansa… no olvides que te quiero.
La vi regresar, con dificultad, con dolor, con tristeza y, al mismo tiempo, con felicidad.
Un mes después, me enteré de que estaba en casa de su hija Isadora, mal. Fui a verla. Estaba postrada en la cama. Me contó que su segundo nieto, el chino, la había visitado y le regaló unos aretes tejidos en Yucatán.
Su semblante era diferente: peleaba una batalla que quizá ya había perdido, pero ambas sabíamos que la victoria no dependía de nosotras.
Hicimos un poco de yoga, hablamos de Silvestre —por fin lo conocí—, y de lo que ella quería en ese momento. Recordamos momentos felices, nos dijimos lo mucho que nos queríamos, como si supiéramos que aquel día podría ser el último. Comimos, y cansada y adolorida, se retiró a descansar.
Era febrero, los últimos días. Yo estaba en la feria del libro, uno de mis tantos trabajos para cubrir mis gastos, cuando sonó mi celular. Un mensaje de WhatsApp, 23 de febrero.
Ana me decía que Eva ya descansaba.
Mi corazón se partió por tercera vez. Contuve las lágrimas, me quedé fría. Esa mañana había hablado de ella; esperaba una llamada, una visita, un último instante… y de pronto, Eva me recordó a mi madre, y sentí de nuevo la fragilidad de la vida entre mis manos.
Eva se fue después de Tonkí, de la mano de su amado padre, rumbo a la espera de ver a su madre.
Se fue después del viaje que tanto había soñado, después de ver a sus hijas juntas, felices y en armonía.
Se fue luchando contra la diabetes de tantos años, contra una memoria que empezaba a fallarle, y contra un cáncer que la consumió.
Me quedé con sus mejores regalos: su sonrisa que iluminaba cualquier cuarto, su risa que llenaba el aire, sus abrazos que eran como refugio, la maravilla de las flores de colores que siempre señalaba con entusiasmo, y la promesa de plantar una buganvilia del color de su alegría.
Y mientras todo esto se quedaba en mí, comprendí que Eva no se iba del todo: seguía en las calles que me enseñó, en los callejones con rosas y buganvilias, en la música que cantábamos juntas, en los abrazos compartidos, los consejos, las complicidades, en cada memoria que el tiempo no podría borrar.
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