No estás hecho de polvo. Estás hecho de los cuatro elementos que crearon el universo. 



La Tierra no está debajo de tus pies. Está dentro de ti. Cada hueso que te sostiene, cada músculo que te mueve, cada célula que te da forma, todo es tierra sagrada. Cuando te sientes sin raíces, hermano, hermana, recuerda: tú eres la raíz. Estás hecho del mismo barro que el Gran Espíritu usó para dar forma a los valles y las colinas. No puedes estar perdido en la Tierra cuando eres la Tierra misma.
El Agua no solo corre por los ríos. Corre por ti. Tu sangre conoce el ritmo de las mareas, el lenguaje silencioso de la lluvia que cae sin prisa. Cuando llores, no te avergüences: estás devolviendo al mundo el agua que siempre te perteneció. Cuando sientas que la vida fluye difícil, recuerda que el río no lucha contra las piedras, las abraza, las rodea, las desgasta con paciencia y amor. Así también tú.
El Aire lleva tu aliento desde el primer instante en que llegaste a este mundo hasta el último. Cada respiración es un diálogo con el universo, tú recibes, tú devuelves. Los ancestros hablaron con el viento, y el viento aún lleva sus palabras. Cuando respires profundo, hermano, hermana, no solo oxigenas tu sangre. Comunicas con todo lo que fue, es y será.
Y el Fuego, ese fuego que arde en tu centro y que ninguna tormenta ha podido apagar ese es tu espíritu. No el espíritu que te dieron, sino el que siempre tuviste. La chispa que brilla incluso en tus noches más oscuras. El fuego no pregunta si merece arder. Simplemente arde.
Cuando te sientas fragmentado, cuando el mundo te haga creer que estás roto, vuelve a estos cuatro nombres sagrados. Son tu verdadero hogar.
La Tierra no está debajo de tus pies. Está dentro de ti. Cada hueso que te sostiene, cada músculo que te mueve, cada célula que te da forma, todo es tierra sagrada. Cuando te sientes sin raíces, hermano, hermana, recuerda: tú eres la raíz. Estás hecho del mismo barro que el Gran Espíritu usó para dar forma a los valles y las colinas. No puedes estar perdido en la Tierra cuando eres la Tierra misma.
El Agua no solo corre por los ríos. Corre por ti. Tu sangre conoce el ritmo de las mareas, el lenguaje silencioso de la lluvia que cae sin prisa. Cuando llores, no te avergüences: estás devolviendo al mundo el agua que siempre te perteneció. Cuando sientas que la vida fluye difícil, recuerda que el río no lucha contra las piedras, las abraza, las rodea, las desgasta con paciencia y amor. Así también tú.
El Aire lleva tu aliento desde el primer instante en que llegaste a este mundo hasta el último. Cada respiración es un diálogo con el universo, tú recibes, tú devuelves. Los ancestros hablaron con el viento, y el viento aún lleva sus palabras. Cuando respires profundo, hermano, hermana, no solo oxigenas tu sangre. Comunicas con todo lo que fue, es y será.
Y el Fuego, ese fuego que arde en tu centro y que ninguna tormenta ha podido apagar ese es tu espíritu. No el espíritu que te dieron, sino el que siempre tuviste. La chispa que brilla incluso en tus noches más oscuras. El fuego no pregunta si merece arder. Simplemente arde.
Cuando te sientas fragmentado, cuando el mundo te haga creer que estás roto, vuelve a estos cuatro nombres sagrados. Son tu verdadero hogar.
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