Tráeme, mijo, a mi Güero… Déjame despedirme de él. Pero no lo vayas a meter a la fuerza a la transportadora, háblarle con cariño. Él entiende todo.
El hijo asintió, tragándose el nudo en la gata, y fue a buscar al gato. El Güero —un gato viejo, casi ciego y con el pelo descolorido por los años— había sido el único compañero fiel de su padre enfermo durante sus últimos tiempos. Eran inseparables de día y de noche: dos seres cansados de la vida que se entendían sin decir una sola palabra.
Cuando el hijo regresó, el padre ya apenas podía moverse. Estaba acostado, aferrándose sin fuerzas con sus dedos temblorosos a la sábana. Sus labios se movían apenas perceptiblemente y su respiración parecía el roce de las hojas secas. Solo sus ojos, llenos de dolor y de un amor infinito, seguían buscando algo en este mundo.
El hijo acomodó con mucho cuidado al gato en la cama.
—Despídete de él, Güero… —dijo con la voz quebrada, acercando al gato a la almohada—. ¿Quieres que te enseñe dónde está mi papá?
Pero al Güero no había que enseñarle nada. Guiado por un instinto más fuerte que la vista, caminó con paso firme, estiró sus patitas y se hizo bolita justo al lado de la cara de su persona más querida.
—Güero… Mi Güero chulo… —alcanzó a suspirar el viejo casi sin voz.
El gato ciego frotaba su hociquito contra sus mejillas y sus labios, intentando cachar cada pizca del calor que todavía le quedaba. Y de sus ojitos, nublados por la edad, empezaron a rodar lágrimas de verdad.
Juntando sus últimas fuerzas, el padre levantó su mano temblorosa y la puso sobre el suave pelo color naranja. Sus dedos casi no se movían, pero el Güero sentía todo: el calor, el amor y la desesperación del último momento.
El hijo estaba ahí parado a un lado, y las lágrimas le corrían libremente por la cara. Nunca había visto algo que fuera al mismo tiempo tan desgarrador y tan lleno de luz.
—Gracias… por todo… —susurró el padre dando su último suspiro. Su mano se quedó quieta. Y el Güero se quedó ahí acostado, pegadito a él, como si supiera que si se quitaba en ese momento, su dueño se iría para siempre.
Un silencio total inundó la recámara. Solo de vez en cuando se escuchaba un ronroneo bajito —como si el gato intentara con su propia voz retener la vida, rogarle que se quedara—.
El hijo se sentó en la orilla de la cama y cubrió la mano delgada y ya fría de su padre con la suya.
—Papá… —le llamó despacito—. Aquí estamos. No estás solo…
El Güero ni se movió. Se quedó congelado, como si su pequeño corazón también se hubiera partido en dos. Luego levantó la cabeza y soltó un maullido débil —corto, triste, casi humano—. Como un llamado. Como un ruego para que regresara.
El hijo miraba cómo el Güero volvía a acurrucarse contra su cara, le lamía con cuidado los párpados cerrados y se hacía bolita otra vez, abrazando a su dueño con todo su cuerpecito. Como si quisiera absorber todo ese frío que ya era imposible de detener.
Los minutos se convirtieron en horas; nadie las contaba. El tiempo parecía haberse detenido.
Más tarde, el hijo contaría que esa noche entendió una cosa: existe un amor tan puro y tan real que ningún idioma del mundo podrá encontrar las palabras para explicarlo.
Al amanecer, el Güero seguía ahí. No se movió. No dejó su puesto, cuidando el último descanso de su dueño.
Y solo cuando el hijo, hecho un mar de lágrimas, tomó al gato en sus brazos y lo apretó contra su pecho, el Güero soltó un suspiro bajito, escondió su hociquito en su mano… y ya no se movió más. Había cumplido su misión. Hasta el final.
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