JOSÉ LUIS MARÍN: CONTRA LA PSIQUIATRÍA FARMACOLÓGICA
El psiquiatra español José Luis Marín no necesita presentación entre quienes estudiamos críticamente el fenómeno de la medicalización contemporánea.
En una entrevista reciente, Marín despliega con brutal claridad el argumento que lo ha caracterizado durante décadas: la psiquiatría moderna se ha convertido en una disciplina capturada, reducida a farmacología y totalmente desconectada de la realidad psicosocial del sufrimiento humano.
Su diagnóstico es demoledor. Su conclusión, provocadora: ¡quemar el DSM! 

Una historia de abandono
Ante todo, lo que Marín expone es una historia de abandono. Cuando comenzó su formación, los psiquiatras poseían herramientas múltiples: psicoterapia psicoanalítica, recursos clínicos variados y una visión integral del paciente.
La irrupción de la psiquiatría biológica les arrebató todo aquello.
Hoy, un psiquiatra es, básicamente, un dispensador de psicofármacos.
Ese cambio no fue inocente. Fue moldeado por una convergencia de factores: la emergencia de los laboratorios tras el Informe Flexner de 1920, la casualidad científica (el diazepam surgió como un accidente en la investigación de tintes textiles) y una industria farmacéutica que descubrió en la "salud mental" un filón comercial sin precedentes. 
El fármaco no es tratamiento
Marín es claro: los psicofármacos son herramientas útiles y recursos válidos en contextos específicos, pero no son tratamiento.
Ahí yace el matiz crítico. Un fármaco puede dopar, movilizar o reducir síntomas, pero no cura nada.
La curación ocurre en la interacción del sujeto con su medio social, psíquico y relacional.
Sin embargo, la medicina occidental insiste en tratar el "trastorno" como algo exclusivamente biológico, usando medicinas como pañuelos para una hemorragia institucional. 
El conflicto de intereses es ineludible
Marín rechaza las teorías conspirativas, pero es implacable: si una industria existe, persigue ganancias. Es la naturaleza del capitalismo.
La cuestión no es la conspiración, sino la regulación de abusos, la manipulación de ensayos clínicos y la complicidad médica. El sistema se sostiene gracias a los médicos: sin nuestras recetas y nuestra autoridad, el sistema se colapsa. 
El DSM: Instrumento de poder
La crítica más ácida va dirigida al DSM. Este manual ha sido un instrumento de poder corporativo.
¿Cómo puede una persona portar seis diagnósticos psiquiátricos simultáneamente? ¿Acaso el diagnóstico sigue siendo diagnóstico?
El DSM-5 es reconocido como un fracaso incluso por la propia Asociación Americana de Psiquiatría. Es una clasificación vacía: sin marcadores biológicos y sin contexto social. 
Violencia epistémica
Para quienes trabajamos en psicopedagogía, esto resuena con fuerza: la medicalización del sufrimiento es un acto de reducción ontológica.
Convertir manifestaciones psicológicas complejas en "trastornos" codificables es un acto de violencia epistémica.
Es lo que criticamos en documentos como "La Inclusión a Voces", rechazando la medicalización de las dificultades de aprendizaje. 
La provocación de quemar el DSM expresa una verdad urgente: mientras la psiquiatría se gobierne mediante clasificaciones inútiles, siga subordinada a la farmacología y abandone la clínica relacional, será un instrumento de control más que de sanación. 

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