En el año 1013, en la región de Suabia en lo que hoy es el sur de Alemania, nació un niño al que su familia llamó Hermann.
El parto no fue complicado en el sentido médico que el siglo XI podía detectar. Pero algo en el sistema nervioso del niño no funcionaba como debía, y lo que los médicos modernos identificarían como parálisis cerebral severa se fue manifestando en los primeros años de vida con una claridad que no dejaba espacio para la esperanza convencional: Hermann no podía caminar. No podía usar sus manos con precisión.
No podía hablar con la fluidez que los demás esperaban de una boca humana. Sus palabras llegaban deformadas, lentas, con el esfuerzo visible de alguien que tiene que conquistar cada sílaba antes de pronunciarla.
Su familia era noble — los condes de Altshausen — y eso significaba que tenían opciones que la mayoría de las familias del siglo XI no tenían. A los siete años, llevaron a Hermann al monasterio benedictino de la isla de Reichenau, en el lago Constanza, en la frontera entre lo que hoy es Alemania y Suiza.
No como oblato en el sentido piadoso que la tradición benedictina celebra. Como un niño que su familia, con más honestidad que crueldad, entendió que necesitaba un lugar donde pudiera vivir protegido de un mundo que no había sido diseñado para un cuerpo como el suyo. El abad Berno lo recibió.
Y lo que ocurrió después en ese monasterio es una de las historias más extraordinarias de la historia intelectual medieval — no a pesar del cuerpo de Hermann sino, en un sentido que ningún biógrafo ha podido explicar completamente, a través de él.
Hermann vivió en Reichenau durante cuarenta y un años. Nunca salió. No porque los muros del monasterio lo retuvieran sino porque su cuerpo era el muro que organizaba su mundo entero — los límites exactos de lo que podía alcanzar, de lo que podía recorrer, de lo que podía manipular con unas manos que no le obedecían con la precisión que la mayoría de los trabajos intelectuales del siglo XI requerían. No podía copiar manuscritos con la velocidad que los scriptoria monásticos demandaban.
No podía desplazarse a otras abadías para estudiar con otros maestros o debatir en los grandes centros intelectuales de su época. No podía hacer ninguna de las cosas que los intelectuales de su tiempo hacían para construir su reputación y ampliar su conocimiento.
Lo que sí podía hacer — lo que sus biógrafos documentan con una consistencia que ningún hagiógrafo habría inventado porque resulta demasiado extraña para ser edificante — era pensar. Pensar con una profundidad y una velocidad que los monjes que lo rodeaban reconocieron como algo que no tenía explicación ordinaria. Aprendió latín, griego y árabe. Estudió matemáticas, astronomía, música, geometría y filosofía con la minuciosidad de alguien que no puede salir a buscar el conocimiento y que por tanto obliga al conocimiento a entrar completamente en él. Construyó instrumentos astronómicos — un astrolabio y un cuadrante — que sus biógrafos describen como más precisos que los disponibles en los monasterios contemporáneos. Escribió un tratado sobre la construcción del astrolabio, un tratado sobre aritmética basado en los cálculos árabes que habían llegado a Europa por las rutas comerciales del Mediterráneo, y una crónica universal que los historiadores medievales usaron como referencia durante siglos.
Y en algún momento entre 1040 y 1054 — los especialistas no han podido establecer una fecha más precisa — compuso la Salve Regina.
Lo que hace a ese texto único en la historia de la oración cristiana no es su latinidad, que es correcta pero no excepcional, ni su estructura musical, que los musicólogos del canto gregoriano describen como sofisticada pero no revolucionaria. Lo que lo hace único es su honestidad. La Salve Regina es, en toda la tradición litúrgica latina de los primeros mil años del cristianismo, el texto que menos evita el dolor. La mayoría de las oraciones de ese período — los salmos adaptados, las antífonas procesionales, los himnos del Oficio Divino — hablan del sufrimiento en términos que lo enmarcan en la providencia, que lo justifican en la perspectiva de la salvación, que lo transforman en pedagogo o en prueba o en camino. La Salve no hace nada de eso. Dice simplemente: "A ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas." Valle de lágrimas. No purgatorio, no camino, no prueba. Valle. Un espacio geográfico donde se vive y se llora y el tiempo transcurre sin que la perspectiva escatológica lo resuelva en el día a día.
Hermann no estaba usando una metáfora cuando escribió eso. No tenía el lujo de usar metáforas sobre el sufrimiento porque el sufrimiento era su habitación, su cuerpo, su horizonte cotidiano desde los siete años. "Gementes et flentes" — gimiendo y llorando — son palabras que alguien escribe cuando las ha necesitado antes de encontrarlas, no cuando las ha buscado por su valor retórico. Cada vocativo de la Salve — vita, vida; dulcedo, dulzura; spes, esperanza — es la respuesta exacta a una privación específica que su autor conocía desde dentro: vida para el que vive en un cuerpo que no le responde, dulzura para el que solo conoce la dureza de lo que no puede hacer, esperanza para el que ya no puede fabricarla por sí solo porque el inventario de sus recursos propios fue revisado hace mucho tiempo y el balance fue deficitario.
"Salve, Regina, Mater misericordiae." Reina. Madre de misericordia. El orden de esos dos vocativos no es arbitrario. Hermann coloca la majestad — Regina, la que tiene poder — antes de la ternura — Mater misericordiae, la madre cuya cualidad definitoria es la misericordia, que en latín tiene la misma raíz que miseria: la que tiene el corazón (cor) inclinado hacia la miseria ajena. Una reina que tiene poder y que usa ese poder inclinada hacia quien sufre. Esa combinación exacta es lo que la oración pide porque es lo que la experiencia de quien sufre necesita con más urgencia: no solo compasión sin poder para actuar, no solo poder sin inclinación hacia el débil, sino las dos cosas juntas en la misma figura.
El texto tiene una estructura que los musicólogos gregorianos describen como antifonal — diseñada para ser cantada, no solo recitada — y eso significa que Hermann no estaba solo componiendo palabras. Estaba componiendo música desde un cuerpo que no podía producir música con la facilidad que los demás cantores del coro de Reichenau tenían. Sus biógrafos mencionan que su voz era difícil de entender en la conversación ordinaria. Pero que cuando cantaba — cuando la estructura musical tomaba el control de la producción vocal en lugar de la intención comunicativa ordinaria — algo en el mecanismo cambiaba. Los monjes que lo rodeaban describieron su voz cantando como distinta de su voz hablando. Como si la música fuera el lugar donde su cuerpo encontraba una coordinación que en ningún otro contexto era posible.
Ese detalle no es anécdota hagiográfica. Es neurología avant la lettre: los investigadores del siglo XX, incluyendo los estudios de la neuróloga y musicóloga Silke Jäncke publicados en el Journal of Neuroscience en 1998, han documentado que el canto activa circuitos cerebrales distintos de los del habla, que involucra el hemisferio derecho de maneras que el habla ordinaria no, y que en personas con ciertos tipos de daño neurológico o disfunción motora el canto puede producir fluidez que el habla no produce. Hermann von Reichenau no sabía nada de eso. Pero su cuerpo lo sabía. Y la Salve Regina existe, en parte, porque su cuerpo encontró en la música el único canal por el que la voz podía fluir sin obstáculo.
En 1146, casi cien años después de la muerte de Hermann, San Bernardo de Claraval escuchó la Salve cantada en la catedral de Espira. El relato de los biógrafos de Bernardo — que los especialistas en hagiografía bernardina como Adriaan Bredero en su Bernard of Clairvaux: Between Cult and History (Eerdmans, 1996) toman como históricamente plausible aunque no verificable documentalmente — dice que Bernardo, al llegar al final del texto que Hermann había compuesto, añadió espontáneamente tres palabras que no estaban en el original: "O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria." Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María. Tres adjetivos. Tres cualidades que no son teológicas en su origen sino relacionales: la clemencia que no aplica toda la severidad que podría aplicar, la piedad que inclina el corazón hacia quien necesita, la dulzura que es lo opuesto de la dureza del mundo.
Lo que Bernardo añadió al texto de Hermann no era una corrección ni una mejora técnica. Era la respuesta emocional de un hombre que había escuchado la oración más honesta sobre el sufrimiento que la tradición cristiana había producido y que encontró que necesitaba decir, en voz alta, cuáles eran exactamente las cualidades de la figura a quien esa oración se dirigía. No omnipotencia. No omnisciencia. No eternidad. Clemencia. Piedad. Dulzura. Los tres adjetivos que cualquier ser humano en la experiencia concreta del dolor elegiría para describir lo que necesita que Dios sea, si pudiera elegir.
La Salve Regina se incorporó a la Liturgia de las Horas — el ciclo de oraciones que los monjes benedictinos rezan siete veces al día siguiendo la Regla de San Benito — como la antífona final de Completas, la última oración del día, la que se reza antes de que el silencio nocturno comience. Esa posición no es accidental ni es solo administrativa. Completas es la oración del final del día, el momento en que el monje cierra las actividades de las doce horas de luz y se entrega al sueño — que la tradición monástica llama pequeña muerte — con la conciencia de que no controla lo que ocurre en las horas de oscuridad. Rezar la Salve en ese umbral es decir, antes de soltar la conciencia: voy a entrar en la oscuridad y no sé qué hay ahí, y antes de hacerlo digo en voz alta el nombre de alguien que ya estuvo en la oscuridad antes que yo y que salió del otro lado.
El Papa Pío V, en la reforma litúrgica del Concilio de Trento formalizada en 1568, estableció la Salve Regina como antífona mariana obligatoria para el período entre la Fiesta de la Trinidad y el Adviento — la mitad del año litúrgico que los especialistas llaman tiempo ordinario, el tiempo sin festividad especial, el tiempo que es simplemente el tiempo que pasa. No el tiempo de la Navidad ni de la Pascua ni de Pentecostés. El tiempo ordinario. El tiempo que es la mayor parte de la vida. La Salve fue asignada exactamente al período que ninguna celebración especial ilumina — como si la tradición litúrgica hubiera reconocido que la oración más honesta sobre el sufrimiento ordinario corresponde exactamente al tiempo ordinario, al tiempo en que la vida se vive sin el apoyo de ninguna festividad que la justifique.
Hoy la Salve Regina se canta en más iglesias del mundo que cualquier otra oración mariana excepto el Ave María. Se canta al final de los rosarios en millones de casas de América Latina, de España, de Italia, de Polonia, de Filipinas. Se canta en los coros de las catedrales con los arreglos polifónicos de Victoria, Palestrina y Byrd — tres compositores del siglo XVI que tomaron el texto de Hermann y lo llevaron a la arquitectura musical más elaborada de su época. Se canta también en los monasterios benedictinos, a las 8:45 de la noche de cada día del año, en el mismo tono gregoriano que Hermann compuso novecientos setenta años atrás, antes de que el silencio nocturno comience y los monjes se retiren a sus celdas.
Hermann von Reichenau murió el 24 de septiembre de 1054, a los cuarenta y un años. Su discípulo Bertoldo de Reichenau escribió su biografía poco después de su muerte — la Vita Hermanni Contracti — que es la fuente primaria de la mayoría de lo que sabemos sobre él. Bertoldo lo describe con una frase que ningún hagiógrafo convencional del siglo XI habría elegido porque no es edificante en el sentido ordinario del término: "Su cuerpo era casi inútil para cualquier actividad, y sin embargo su alma ardía con una llama que su cuerpo no podía contener." No a pesar de su cuerpo. Su cuerpo no podía contener lo que había dentro. Es la descripción más precisa que existe de lo que Hermann fue: alguien cuyo interior excedía tan radicalmente los límites de su exterior que el contraste entre los dos se convirtió en la cosa más significativa de su vida, y la oración que escribió desde ese contraste resultó ser la más verdadera.
No hay estatua de Hermann en ninguna plaza pública. No hay universidades con su nombre ni aeropuertos ni hospitales. Hay un monasterio en Reichenau que sigue en pie — declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000 — y hay, en las iglesias de todo el mundo, la oración que se canta cada noche antes de que apaguen las luces. Una oración que empezó en el cuerpo de un hombre que no podía moverse, que nunca salió de una isla en un lago en el sur de Alemania, y que encontró en el único espacio donde su cuerpo no ponía obstáculos — la música, el latín, la oración dirigida a la única figura del cosmos que el texto bíblico nunca describe alejándose de quien la necesita — las palabras exactas que novecientos setenta años después siguen siendo las únicas que dicen lo que hay que decir antes de entrar en la oscuridad.
Salve, Regina.
A ti clamamos.
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